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sábado, 24 de septiembre de 2016

LO VE


                                                Pra Go


A media tarde
Pachuco irrumpe pedaleando una bicicleta

Apenas lo abordo
con seriedad responde que conoce a alguien

Alguien que le ha pedido
completa discreción eso sí  previa aprobación

Alguien cuyo nombre
no es el mismo con el que se nombra

Alguien que acepta
develar el secreto cotidiano que la cubre

Alguien cuyo encanto
mas que una apariencia es una experiencia

Alguien que calla
cuando entre cuatro paredes la sangre estalla

Alguien capaz de juntar
la frontera que separa el anhelo del deseo

Alguien consagrada al presente
sin reclamos precedentes ni compromisos

Alguien igual al viento
siempre en movimiento en el confín del tiempo

Alguien en definitiva
como tú que busca alguien como yo



jueves, 12 de diciembre de 2013

LA CONQUISTA DEL PLACER

(Cerámica de la cultura Mochica)

Dicen que lo único que quedó del Paraíso son ellas: las mujeres. Dicen también que por ellas alcanzamos mirar la cara de Dios. Dicen que cada orgasmo es una pequeña muerte que ilumina y alimenta la vida. Dicen que no hay mejor homenaje a la vida que hacer el amor con amor.
Pero no basta el amor para encontrar el placer. Tampoco la misión reproductiva suficiente para relevarlo. Y menos ignorarlo. Habida cuenta que -Aristoteles lo decía- el hombre por dos cosas se mueve: por hallar sustentamiento y tener juntamiento con hembra placentera, todo esto que se dice no lo dicen ellas. 
Ellas, las bellas, que transitan por la vida incubando vidas. Ellas que, aun siendo jóvenes, libres e ilustradas, raras veces hablan con sus cuerpos para develar sus misterios y mitigar sus clamores. Ellas, las bellas y deseadas tumbas mustias que caminan dejando huellas sublimes.
Abnegadas madres, venerables abuelas. Hijas. Hijos. Nietas. Nietos. Colmadas de cariño. Huérfanas de placer. "Carita seria, culito alegre", sentencia una creencia anónima harto popular. Con todo, condenados no a morir sino a vivir, no existe peor muerte en vida que aquella desprovista de placer. Y sobre todo, del placer de saber y ver.
Casadas o no. Casados o no. Mujeres y hombres, antes que hijos, merecen tener placer. Experimentar que sus cuerpos vibrantes son la fuente suprema de su paso por el mundo. Y que lograrlo, rompiendo las cadenas que atan sus sentidos, está al alcance de sus manos.
"La gente vive su sexualidad miserablemente", repetía con resignación el cineasta y sexologo Armando Robles Godoy. Agolpadas a la entrada de los centros preescolares,  ellas: las paridoras, exhibiendo y luciendo posturas y prendas vulgares y ordinarias, mas que pobreza en verdad exponen su inexorable miseria. La implacable desnudez de sus más íntimas intimidades. El más lúgubre crujir sobre vivir.




jueves, 19 de septiembre de 2013

SEXO Y PLACER / DELIRIOS Y MARTIRIOS


Entreverar cuerpos, en todos los tiempos y en todos los lugares, ha sido la forma de perpetuar y garantizar la continuidad de nuestra especie (y de todas las especies). Mucho antes que la existencia de la idea, y los ritos, del amor aun sin amor los seres humanos hacían el amor. Copulaban para perdurar. Y acaso gozar. 
Al civilizar el instinto sexual las mujeres y hombres comenzaron a amarse y casarse. Pero ante todo, siempre, a cazarse para luego casarse. Sin embargo, no deja de ser paradójico que aun cuando gran parte de la humanidad desconoce, y ni el importe, entender el funcionamiento, y  partes, de sus propios genitales (y, sobre todo, del que está en mira  alcanzar) se haya llegado a un tiempo en el que resulta -nada menos- posible relevar la misión primordial del sexo: la reproducción.
No es para sorprenderse: la inseminación comenzó siendo un logro de la zootecnia que pasó a humanizarse. Y sin duda resulta tan efectivo y practico que una de mis primas angustiada por la tardanza de golpe cobijó en su vientre (a los 44) tres vástagos. Con todo, nunca he olvidado las letras de una canción cubana -que mi prima debió escuchar- en la que una vaca (que protesta contra la inseminación que pone al toro de vacación) clama y reclama: "Yo prefiero a la antigua". 
Por mi parte, habida cuenta que soy padre de una hija y un hijo; siempre he creído que la mayor alegría de tenerlos es el día en que los hacemos (o mejor aún: intentamos una y otra vez). Tanto así que se los decía. Ellos reían por qué, no sin razón, deducían ser hijos del gozo, el retozo y la alegría de vivir. Y yo solo un cuerpo pasajero, entrañable si y no por eso menos extraño. Y finalmente prescindible a sus gozos y retozos.
Y puesto que el saber es también fuente de placer, ninguno más placentero precisamente que compartir unas palabras piadosas y luminosas sobre tan recurrente, escabroso y venturoso menester.



jueves, 22 de agosto de 2013

EL BESO Y LA CÓPULA


Nadie, absolutamente nadie, puede hablar de besar con pesar ni de saber que no sea de paciencia y experiencia. Pues, solo el beso que puede darse hace mas delicioso el beso que se da. Y hasta quien menos se supondría, Francisco I, el santo líder argentino, que a punto estuvo de ser papá en lugar de ser Papa, no lo ignora.
Acaso el encanto supremo del beso se deba ante todo a su maravillosa nulidad. No produce consecuencias reproductivas, aun cuando contribuye a procurarlas. Casi no existe cuando mas existe. Y aun los labios no resultan imprescindibles para darlos. En ocasiones, basta la mirada. La mirada enamorada que se sabe amada. En definitiva, se trata del acto amoroso mas intensamente erótico, y por tanto, más humano de lo humano. Un invento cultural. Un terrestre regalo celestial. Un prodigio, fugaz y eterno.
No es casual que la metáfora que alude al arado que surca la tierra sea la que mejor describe la inspiración y la transpiración del amor y la continuidad de la especie. Más instintiva que erótica la cópula no constituye un invento sino apenas un cimiento. Un cimiento seminal. Una urgente necesidad de perpetuidad contra el desamparo y la soledad.
Y también una prueba, o la apariencia, de que amamos y fuimos amados. Con todo, y a pesar de todo, acaso el mejor homenaje a la ordinariez biológica de la cópula sea decir que en verdad es la continuidad de un beso. Un beso de cuerpo entero.