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jueves, 20 de septiembre de 2018

ABELARDO OQUENDO




La muerte del delfín, así tituló Mario Vargas Llosa el artículo que dedicó a quien fue uno de sus más entrañables amigos de juventud: el periodista y profesor universitario Abelardo Qquendo


Vaya año terrible: primero fue Fernando de Szyszlo, luego Luis Loayza, ahora Abelardo Oquendo. Me dicen que, desde que se le declaró el cáncer, se negó a ser operado y tratado y que esperó la muerte con gran coraje y dignidad. Traté de hablar con él varias veces y nunca lo conseguí. Me voy quedando sin los amigos que dieron vida y ánimos y buenas lecturas y enseñanzas a mi juventud.
Con Abelardo y Lucho Loayza formamos un trío irrompible. Nos veíamos a diario, para tomar un rápido cafecito en el Bransa de La Colmena y para saber que estábamos vivos y nos necesitábamos, y para discutir sobre si Sartre o Borges era el gran maestro. Yo sostenía que el primero, Lucho, que el segundo, y Abelardo mantenía una cierta neutralidad. Su maestro, Luis Jaime Cisneros, lo había tenido un año fichando las Tradiciones Peruanas para una tesis doctoral que iba a llamarse Los paremios en Ricardo Palma, algo que lo había disgustado de la filología y, casi casi, de la literatura (no era para menos). Pero ésta se hallaba tan arraigada ya en él que, aunque nunca llegó a escribir los libros que creíamos, siempre la practicó, de esa manera discreta que convenía a su personalidad, en forma de notitas, reseñas, columnas anónimas, consejos verbales y cartas que algún día, espero, alguien recopilará: será entonces leído y reverenciado como el maestro secreto que fue.Conocí a Abelardo en el año 1956. Acababa de casarme por primera vez y andaba buscando trabajitos que me permitieran sobrevivir, sin renunciar a la Universidad. Conseguí siete, y el séptimo gracias a él, que trabajaba entonces en el Suplemento Cultural de El Comercio, que salía los domingos: me encargó una entrevista semanal a todos los escritores peruanos sobre sus métodos de trabajo, sus ideas literarias y sus proyectos. Todos pasaron por aquel tamiz, desde el venerable López Albújar hasta José María Arguedas, que me hizo rehacer una y otra vez el texto hasta el instante mismo de mandarlo al linotipista.
Por eso queríamos partir. Vallejo sin París no hubiera sido Vallejo, y hubiera terminado tal vez como Martín Adán, al que, cuando salía del manicomio a tomarse unos traguitos, íbamos a espiar religiosamente al Bar Cordano. Hacíamos sesiones de espiritismo, jugábamos a quién se reía primero (yo solía ganarles imitando al pato, raneando y chillando: “¡Soy el pájaro-mitra!, ¡cua cua!”), pero, sobre todo, planeábamos el viaje a Europa, con gran detalle. Iríamos allá y nos reuniríamos en ese dodecasílabo: ¡Montecarlo, Principado de Mónaco! Se convirtió en un estribillo al que acudíamos para levantarnos el ánimo y combatir la desmoralización limeña, esos días sin cielo, grises y con garúa. Pero sólo Lucho y yo partimos, porque Pupi, la mujer de Abelardo, quedó embarazada por segunda vez y con dos hijos la aventura europea resultaba ya muy arriesgada.Apenas recuerdo por qué Lucho y yo lo llamábamos el Delfín. Tal vez porque nos deslumbraba cuando explicaba la poesía de los clásicos, por ejemplo los más intrincados poemas de Góngora, y sabía distinguir con gusto infalible la originalidad de la impostura, detectar el talento genuino entre los mares de textos que ya entonces le llevaban los poetas jóvenes en busca de orientación. Estábamos seguros de que más pronto que tarde escribiría esos ensayos que, como los de Alfonso Reyes o Pedro Henríquez Ureña que leíamos con pasión, serían bellos, sabios e inconfundibles. Pero nunca los escribió y ese es un gran misterio que ya no tengo manera de resolver. Recuerdo que en uno de mis viajes a Lima me dijo que tenía un proyecto en marcha: escribir unos ensayos sobre una serie de poetas peruanos. Pero sólo escribió el primero, uno magnífico, consagrado a Javier Sologuren. ¿Qué lo desanimó? Tal vez el deseo de la absoluta perfección inalcanzable, tal vez esa sensación de para qué, de es por gusto, no tiene sentido en un medio tan poco estimulante como el de Lima extenuarse tratando de escribir obras maestras. ¿Cuántas promesas se quedaron en embrión en la historia del Perú, de América Latina, por ese derrotismo psicológico que la pobreza intelectual y literaria del medio expande en torno, paralizando a los mejores.
La correspondencia suplió la presencia, por muchos años. Sin las cartas de Lucho y de Abelardo, esas cartas estimulantes, alentadoras, queridísimas, probablemente yo no hubiera terminado nunca mi primera novela, La ciudad y los perros, que escribía y reescribía sin cesar, mientras hacía el doctorado en la Complutense de Madrid, y luego, en París, mientras traducía artículos para la UNESCO y la France Presse, preparaba programas para la Radio-Televisión Francesa y ponía voz en español a Les Actualités Françaises. Cuando vivía en Lima sólo soñaba con París, pero, en París, me hacían falta Lima y el Perú, y Abelardo atenuaba esa nostalgia con sus cartas semanales. Con el tiempo, aquellos intercambios fueron disminuyendo, alargándose, hasta desaparecer. Pero, cada vez que yo regresaba al Perú nos veíamos, almorzábamos un arroz con pato, recordábamos los viejos tiempos y actualizábamos los chismes, siempre secundados por otro escribidor, Alonso Cueto. Era grato sentir que la amistad estaba allí, intacta.
Cuando Alonso Cueto me iba informando de la entereza con que Abelardo sobrellevaba esa última etapa me lo imaginaba muy bien. Todos los que lo conocimos supimos siempre que nunca incurriría en la vulgaridad de quejarse, protestar, lamentarse de su suerte. Había en él un respeto de las formas y las maneras que lo alejaban de la época, que prolongaban en él a aquellos caballeros dignos y decentes, correctos y formales, que ya sólo existen en la literatura, esos que aceptan la muerte con naturalidad y sin vulgares aspavientos. Así agonizó y murió Cartucho Miró Quesada, otro de los grandes amigos que he tenido, ejemplo de caballerosidad y limpieza moral hasta el último instante. Saber morir no es menos importante que saber vivir. Me acuerdo de una terrible película que vi en mi juventud, una en la que un cura convence al gánster James Cagney de que, para dar un ejemplo de cobardía e indecencia a los jóvenes, simule acobardarse antes de ser electrocutado, y llore y se retuerza y ruegue, en vez de morir en su ley, valientemente. Me pareció atroz que James Cagney consintiera a esa farsa, que se desnaturalizara de este modo en el último instante, en vez de morir en su ley, con el desprecio con el que había desafiado la muerte a lo largo de toda su vida. Anoche, cuando hablé con ella por última vez, Claudia, su hija, me confirmó lo que ya sabía: que Abelardo había muerto muy sereno, conversando sin drama, antes de ser sedado.Fue Loayza, una tarde, en su casa de París, quien me dijo que Abelardo tenía cáncer. La idea de morir yo mismo nunca me ha espantado; pero, en cambio, la de la muerte de las personas próximas, queridas, siempre me estremece, desde que murieron mis abuelos, el tío Lucho, las personas que me ayudaron a ser lo que tanto quería: un escritor. Lo llamé por teléfono y, por supuesto, hizo unas bromas al respecto, unas bromas muy serias, distanciadoras del drama, quitándole importancia, como correspondía a esa elegancia y distinción que Abelardo practicó en todas las circunstancias de la vida.

Adiós, amigo..


lunes, 10 de julio de 2017

ALTURAS DE MACHU PICCHU

 

Después de leer los comentarios que acompañan la difusión del video adjunto -en atención a los jóvenes, de todas las edades, que reparan en este promiscuo reducto virtual- vuelve a mi memoria un episodio que viene al caso rememorar y compartir.
Ocurre que después de ver la emisión del video por tv Perú, compré el casset que contenía el audio y nunca me cansé de escucharlo. De manera que cuando en 1986 Los Jaivas llegaron a Lima -para participar en un encuentro cultural auspiciado por el gobierno- consideré intolerable no ir a verlos actuar.
Una tarde inolvidable en el estadio de la UNI hicieron su presentación apoteósica y allí, consternado de emoción, estuve ante la poesía de Pablo Neruada hecha canto.
Por si fuera poco, no contento con verlos y escucharlos, me acerqué al Gato Alquinta (la voz principal del grupo) y le extendí la mano. Más aún todavía: conversamos.
Recuerdo -imposible olvidarlo- haberle preguntado por el parecer de Matilde Urrutia, la última esposa del poeta: "La viuda dice que a ella no le gusta tanto lo que tocamos pero si que está segura que ha Neruda le hubiera encantado".
Palabras vueltas canto, signos luminosos, tan precisas, admirables y perdurables como las majestuosas piedras que exaltan.
 
 
 


sábado, 6 de agosto de 2016

CAJATAMBO EN LA LITERATURA



Aunque nunca la haya visitado, y con certeza jamás lo hará, en la vasta obra del novelista y ensayista mas universal nacido en el Perú, existe una mención literal y explicita a Cajatambo.
Quienes se sientan persuadidos de hacer la verificación del caso tienen a la vista el nombre y la portada de la novela en cuyas 496 páginas (no diré  cual) está presente Cajatambo.
Un abrazo y feliz lectura. Por Cajatambo y la cultura.


     

miércoles, 13 de julio de 2016

TRANSAR


MVLL a los ocho años


Cuando fue publicado "El pez en el agua" la lingüista Martha Hildebrandt exaltó el primer capitulo de las memorias (parciales) de Mario Vargas Llosa de un modo tan enfático y categórico que contradecía la abismal distancia entre el autor y su deslumbrada lectora. Ocurre que para Hildebrandt aquellas paginas del comienzo del libro eran de las mejores escritas en la literatura peruana. 
A aquel ponderado primer capitulo pertenece el párrafo adjunto.

"A poco de entrar al colegio, los hermanos Artadi y Jorge Salmón, una tarde que nos bañabamos en las aguas ya en retirada del Piura - entonces, río de avenida-  me revelaron el verdadero origen de los bebés y el significado de la palabrota impronunciable: cachar. La revelación fue traumática, aunque estoy seguro, esta vez, de haber rumiado en silencio, sin ir a contárselo al tío Lucho, la repugnancia que sentía al imaginar a esos hombres animalizados, con los falos tiesos, montados sobre esas mujeres que debían sufrir sus embestidas. Que mi madre hubiera podido pasar por trance semejante para que yo viniera al mundo me llenaba de asco, y me hacía sentir que, saberlo, me había ensuciado y había ensuciado mi relación con mi madre y ensuciado de algún modo la vida. El mundo se me había vuelto sucio. Las explicaciones del sacerdote que me confesaba, el único al me atreví consultar sobre este angustioso asunto, no debieron tranquilizarme pues el tema me atormentó  días y noches y paso mucho tiempo antes que me resignara a aceptar que la vida era así, que hombres y mujeres hacían esas porquerías resumidas en el verbo cachar y que no había otra manera de que continuara la especie humana y de que hubiera podido nacer yo mismo".

martes, 8 de septiembre de 2015

"LA CIUDAD Y LOS PERROS"


El libro -editorial Seix Barral- llegó en la bolsa de mercado de mi madre. Me enfrasqué a su lectura con interés y curiosidad pero terminé consternado y deslumbrado. Y también fascinado no solo porque uno de los personajes, aunque se tratara del mas granuja de todos, terminara casándose en Huacho sino además porque el libro tenia mi edad. Publicado en 1962 nació cuando nací. 
Era el verano de 1977. Había cumplido 14 años. Nada pudo ser mas importante ni perdurable. Nada.



jueves, 19 de septiembre de 2013

SEXO Y PLACER / DELIRIOS Y MARTIRIOS


Entreverar cuerpos, en todos los tiempos y en todos los lugares, ha sido la forma de perpetuar y garantizar la continuidad de nuestra especie (y de todas las especies). Mucho antes que la existencia de la idea, y los ritos, del amor aun sin amor los seres humanos hacían el amor. Copulaban para perdurar. Y acaso gozar. 
Al civilizar el instinto sexual las mujeres y hombres comenzaron a amarse y casarse. Pero ante todo, siempre, a cazarse para luego casarse. Sin embargo, no deja de ser paradójico que aun cuando gran parte de la humanidad desconoce, y ni el importe, entender el funcionamiento, y  partes, de sus propios genitales (y, sobre todo, del que está en mira  alcanzar) se haya llegado a un tiempo en el que resulta -nada menos- posible relevar la misión primordial del sexo: la reproducción.
No es para sorprenderse: la inseminación comenzó siendo un logro de la zootecnia que pasó a humanizarse. Y sin duda resulta tan efectivo y practico que una de mis primas angustiada por la tardanza de golpe cobijó en su vientre (a los 44) tres vástagos. Con todo, nunca he olvidado las letras de una canción cubana -que mi prima debió escuchar- en la que una vaca (que protesta contra la inseminación que pone al toro de vacación) clama y reclama: "Yo prefiero a la antigua". 
Por mi parte, habida cuenta que soy padre de una hija y un hijo; siempre he creído que la mayor alegría de tenerlos es el día en que los hacemos (o mejor aún: intentamos una y otra vez). Tanto así que se los decía. Ellos reían por qué, no sin razón, deducían ser hijos del gozo, el retozo y la alegría de vivir. Y yo solo un cuerpo pasajero, entrañable si y no por eso menos extraño. Y finalmente prescindible a sus gozos y retozos.
Y puesto que el saber es también fuente de placer, ninguno más placentero precisamente que compartir unas palabras piadosas y luminosas sobre tan recurrente, escabroso y venturoso menester.



miércoles, 21 de agosto de 2013

EL NOBEL Y LA TRADUCTORA


Corría mediados de 2006 y de pronto sonó el artilugio (que entonces solo servía para hablar). Recuerdo que fue al caer la noche, en un remoto confín de San Juan de Lurigancho y con el fondo brumoso de yermos cerros, escuché su voz emocionada: "Acabo de asistir a una conferencia de Vargas Llosa y he puesto la foto en tu correo". No menos emocionado le agradecí, sintiendo acaso que ella había estado allí por mi. Y que, por supuesto, lo celebraba.
Después de unos meses, de regreso a Lima, me entregó unos vistosos cartones autografiados por el escritor. Se trataba del programa que la universidad de Emory, fundada de 1836, auspicia cada año mediante un ciclo de conferencias a cargo de alguna personalidad intelectual y académica relevante. Y aquel 2006, Panchita Vizurraga, residente en Atlanta y a la sazón estudiante de traducción por la universidad de Georgia, nacida en Lima e hija de genuina estirpe oyonense, asistió en compañía de una chica española a aquella conferencia que, contra su parecer, tuvo mas concurrencia nativa y sajona que inmigrante y profana.
Ha pasado el tiempo. Perdí los cartones y también a Panchita. No lo deploro pero tampoco lo ignoro. Al contrario, me complace el recuerdo de haber propiciado aquel encuentro memorable.

domingo, 30 de junio de 2013

MADIBA

El Nóbel más laborioso y más premiado de la historia de América del Sur, Mario Vargas Llosa, rinde homenaje al político más importante de la historia de Africa del Sur: Nelsón Mandela. Madiba, el político más respetado y respetable del mundo.

Nelson Mandela, el político más admirable de estos tiempos revueltos, agoniza en un hospital de Pretoria y es probable que cuando se publique este artículo ya haya fallecido, pocas semanas antes de cumplir 95 años y reverenciado en el mundo entero. Por una vez podremos estar seguros de que todos los elogios que lluevan sobre su tumba serán justos, pues el estadista sudafricano transformó la historia de su país de una manera que nadie creía concebible y demostró, con su inteligencia, destreza, honestidad y valentía, que en el campo de la política a veces los milagros son posibles.
Todo aquello se gestó, antes que en la historia, en la soledad de una conciencia, en la desolada prisión de Robben Island, donde Mandela llegó en 1964, a cumplir una pena de trabajos forzados a perpetuidad. Las condiciones en que el régimen del apartheid tenía a sus prisioneros políticos en aquella isla rodeada de remolinos y tiburones, frente a Ciudad del Cabo, eran atroces. Una celda tan minúscula que parecía un nicho o el cubil de una fiera, una estera de paja, un potaje de maíz tres veces al día, mudez obligatoria, media hora de visitas cada seis meses y el derecho de recibir y escribir sólo dos cartas por año, en las que no debía mencionarse nunca la política ni la actualidad. En ese aislamiento, ascetismo y soledad transcurrieron los primeros nueve años de los veintisiete que pasó Mandela en Robben Island.
En vez de suicidarse o enloquecerse, como muchos compañeros de prisión, en esos nueve años Mandela meditó, revisó sus propias ideas e ideales, hizo una autocrítica radical de sus convicciones y alcanzó aquella serenidad y sabiduría que a partir de entonces guiarían todas sus iniciativas políticas. Aunque nunca había compartido las tesis de los resistentes que proponían una “África para los africanos” y querían echar al mar a todos los blancos de la Unión Sudafricana, en su partido, el African National Congress, Mandela, al igual que Sisulu y Tambo, los dirigentes más moderados, estaba convencido de que el régimen racista y totalitario sólo sería derrotado mediante acciones armadas, sabotajes y otras formas de violencia, y para ello formó un grupo de comandos activistas llamado Umkhonto we Sizwe, que enviaba a adiestrarse a jóvenes militantes a Cuba, China Popular, Corea del Norte y Alemania Oriental.
Debió de tomarle mucho tiempo —meses, años— convencerse de que toda esa concepción
de la lucha contra la opresión y el racismo en África del Sur era errónea e ineficaz y que había que renunciar a la violencia y optar por métodos pacíficos, es decir, buscar una negociación con los dirigentes de la minoría blanca —un 12% del país que explotaba y discriminaba de manera inicua al 88% restante—, a la que había que persuadir de que permaneciera en el país porque la convivencia entre las dos comunidades era posible y necesaria, cuando Sudáfrica fuera una democracia gobernada por la mayoría negra.
En aquella época, fines de los años sesenta y comienzos de los setenta, pensar semejante cosa era un juego mental desprovisto de toda realidad. La brutalidad irracional con que se reprimía a la mayoría negra y los esporádicos actos de terror con que los resistentes respondían a la violencia del Estado, habían creado un clima de rencor y odio que presagiaba para el país, tarde o temprano, un desenlace cataclísmico. La libertad sólo podría significar la desaparición o el exilio para la minoría blanca, en especial los afrikáners, los verdaderos dueños del poder. Maravilla pensar que Mandela, perfectamente consciente de las vertiginosas dificultades que encontraría en el camino que se había trazado, lo emprendiera, y, más todavía, que perseverara en él sin sucumbir a la desmoralización un solo momento, y veinte años más tarde, consiguiera aquel sueño imposible: una transición pacífica del apartheid a la libertad, y que el grueso de la comunidad blanca permaneciera en un país junto a los millones de negros y mulatos sudafricanos que, persuadidos por su ejemplo y sus razones, habían olvidado los agravios y crímenes del pasado y perdonado.
Habría que ir a la Biblia, a aquellas historias ejemplares del catecismo que nos contaban de niños, para tratar de entender el poder de convicción, la paciencia, la voluntad de acero y el heroísmo de que debió hacer gala Nelson Mandela todos aquellos años para ir convenciendo, primero a sus propios compañeros de Robben Island, luego a sus correligionarios del Congreso Nacional Africano y, por último, a los propios gobernantes y a la minoría blanca, de que no era imposible que la razón reemplazara al miedo y al prejuicio, que una transición sin violencia era algo realizable y que ella sentaría las bases de una convivencia humana que reemplazaría al sistema cruel y discriminatorio que por siglos había padecido Sudáfrica. Yo creo que Nelson Mandela es todavía más digno de reconocimiento por este trabajo lentísimo, hercúleo, interminable, que fue contagiando poco a poco sus ideas y convicciones al conjunto de sus compatriotas, que por los extraordinarios servicios que prestaría después, desde el Gobierno, a sus conciudadanos y a la cultura democrática.
Hay que recordar que quien se echó sobre los hombros esta soberbia empresa era un prisionero político, que, hasta el año 1973, en que se atenuaron las condiciones de carcelería en Robben Island, vivía poco menos que confinado en una minúscula celda y con apenas unos pocos minutos al día para cambiar palabras con los otros presos, casi privado de toda comunicación con el mundo exterior. Y, sin embargo, su tenacidad y su paciencia hicieron posible lo imposible. Mientras, desde la prisión ya menos inflexible de los años setenta, estudiaba y se recibía de abogado, sus ideas fueron rompiendo poco a poco las muy legítimas prevenciones que existían entre los negros y mulatos sudafricanos y siendo aceptadas sus tesis de que la lucha pacífica en pos de una negociación sería más eficaz y más pronta para alcanzar la liberación.
Pero fue todavía mucho más difícil convencer de todo aquello a la minoría que detentaba el poder y se creía con el derecho divino a ejercerlo con exclusividad y para siempre. Estos eran los supuestos de la filosofía del apartheid que había sido proclamada por su progenitor intelectual, el sociólogo Hendrik Verwoerd, en la Universidad de Stellenbosch, en 1948 y adoptada de modo casi unánime por los blancos en las elecciones de ese mismo año. ¿Cómo convencerlos de que estaban equivocados, que debían renunciar no sólo a semejantes ideas sino también al poder y resignarse a vivir en una sociedad gobernada por la mayoría negra? El esfuerzo duró muchos años pero, al final, como la gota persistente que horada la piedra, Mandela fue abriendo puertas en esa ciudadela de desconfianza y temor, y el mundo entero descubrió un día, estupefacto, que el líder del Congreso Nacional Africano salía a ratos de su prisión para ir a tomar civilizadamente el té de las cinco con quienes serían los dos últimos mandatarios del apartheid: Botha y De Klerk.
Cuando Mandela subió al poder su popularidad en Sudáfrica era indescriptible, y tan grande en la comunidad negra como en la blanca. (Yo recuerdo haber visto, en enero de 1998, en la Universidad de Stellenbosch, la cuna del apartheid, una pared llena de fotos de alumnos y profesores recibiendo la visita de Mandela con entusiasmo delirante). Ese tipo de devoción popular mitológica suele marear a sus beneficiarios y volverlos —Hitler, Stalin, Mao, Fidel Castro— demagogos y tiranos. Pero a Mandela no lo ensoberbeció; siguió siendo el hombre sencillo, austero y honesto de antaño y ante la sorpresa de todo el mundo se negó a permanecer en el poder, como sus compatriotas le pedían. Se retiró y fue a pasar sus últimos años en la aldea indígena de donde era oriunda su familia.
Mandela es el mejor ejemplo que tenemos —uno de los muy escasos en nuestros días— de que la política no es sólo ese quehacer sucio y mediocre que cree tanta gente, que sirve a los pillos para enriquecerse y a los vagos para sobrevivir sin hacer nada, sino una actividad que puede también mejorar la vida, reemplazar el fanatismo por la tolerancia, el odio por la solidaridad, la injusticia por la justicia, el egoísmo por el bien común, y que hay políticos, como el estadista sudafricano, que dejan su país, el mundo, mucho mejor de como lo encontraron.

lunes, 6 de mayo de 2013

KAVAFIS, EL ALEJANDRINO

 
(1863-1933)
Miguel de Cervantes fue, y será siempre, español. Pero, a la postre, lo es, y será, más, no tanto por haber nacido en la Peninsula Iberica como por haber contribuido a forjar los cimientos de una comunidad mucho más verosomil y próxima que la de los territorios: la del idioma. Y puesto que el idioma -en realidad, cualquier idioma- se alimenta de la imaginación de quienes lo usan, nada más grato, entre nosotros, hispanos del Perú, que encontrar una magnifica reseña de Alonso Cuento  dedicada a la vida (pasajera) y obra (perdurable) de un extraordinario poeta. 

Para desconcierto y admiración de sus amigos, Constantino Kavafis tuvo la gracia de morirse el 29 de abril de 1933, día de su cumpleaños. Acababa de cumplir setenta años de una vida secreta, en cuyo silencio escribió algunos de los poemas más memorables de nuestro tiempo.

Heredero de la lengua griega de sus padres, nunca dejó de ser un viajero, de muchos idiomas. Pasó su infancia en Alejandría y luego vivió en Inglaterra; a lo largo de su vida como periodista y funcionario del Estado fue de un país a otro. Desde 1885 se instalaría otra vez en Alejandría, y fue allí donde se dedicó a su obra. No escribió más de ciento cincuenta y cuatro poemas. A lo largo de su vida, no publicó sino dos pequeñas ediciones privadas, con unos cuantos textos. En realidad, él imprimía sus poemas en ediciones caseras, se encargaba de escoger a quienes creía que podían comprenderlos, y se los regalaba. Uno de los artífices de su difusión fue E.M. Forster, el gran autor de “Un pasaje a la India”, quien lo conoció en Alejandría cuando Forster era funcionario de la Cruz Roja. Arnold Toynbee y T.S. Eliot fueron también promotores de sus poemas. Dos años después de su muerte, en 1935, se publicó una antología, que estableció su fama. David Hockney hizo una serie de cuadros basados en sus poemas. También tenemos desde 1996 una película biográfica llamada Kavafis, dirigida por Yannis Smaragdis.

Los versos de Kavafis son concisos, directos y rara vez riman. Según parece, las únicas rimas en su obra tienen un propósito irónico o paródico. Sin apuro por publicar, era capaz de pasarse diez años trabajando en un mismo poema. Los placeres sensuales, la nostalgia, la experiencia homosexual y la belleza del mundo natural son obsesiones permanentes.

Algunos de estos poemas se han convertido en piezas estelares de la memoria de muchos lectores. Los más famosos son sin duda “Esperando a los bárbaros” (título que Coetzee daría a una novela), “Los idus de marzo” y, por supuesto, “Ithaca”. Una de sus estrategias es ubicar a personajes históricos y darles una voz íntima que los acerca a los lectores. “Ithaca”, escrito en segunda persona, representa la voz de Ulises al inicio de la década que le tomaría volver a su ciudad natal. El poema podría ser la carta de cualquier viajero y, en realidad, de cualquier vida concebida como un viaje: “Cuando inicies el viaje a Ithaca / ruega que el camino sea largo / lleno de aventura, lleno de conocimiento”. En el poema de Kavafis, el objetivo no es el destino sino el recorrido. Ese camino en el que el viajero puede ver “mercados fenicios”, “lestrigones”, “cíclopes” y el “salvaje Poseidón” es en realidad su objetivo. No caminamos para llegar a un punto sino por la experiencia del camino mismo. El punto de llegada no es sino el pretexto para una nueva ruta. Al final es mejor “anclar junto a la isla cuando estés viejo, rico con todo lo que has ganado en el camino”.   

Todos sus poemas pueden encontrarse en las ediciones de Visor y de Seix Barral y de un modo abundante en internet donde sus seguidores lo acompañamos todavía, a los ochenta años de su puntual muerte.  

UN ANCIANO
En el lado de adentro del bullicioso café
inclinado sobre la mesa, está sentado un anciano:
con un diario delante, sin compañía.
Y en el desmedro de la aciaga vejez
piensa qué poco gozó los años
en que tenía fuerza, y palabra, y apostura.
Sabe que ha envejecido mucho; lo siente, lo ve.
Y sin embargo el tiempo en que era joven parece
como ayer. Qué breve espacio, qué breve espacio.
Y medita cómo le engañó la Prudencia;
y cómo siempre confió en ella, ¡qué locura!-
la mentirosa que decía: "Mañana. Tienes mucho tiempo".
Recuerda los ímpetus que contenía; y cuánta
alegría sacrificada. Cada ocasión perdida
se burla ahora de su necia prudencia.
...Pero de tanto pensar y recordar
un vértigo le invade. Y se queda dormido
apoyado en la mesa del café.

http://www.paginadepoesia.com.ar/escritos_pdf/cavafis_100.pdf




domingo, 28 de abril de 2013

ELOGIO DE LA LECTURA



Con certeza -aun cuando la mayor parte de la población mundial pueda, a estas alturas del siglo XXI, hacerlo- son más las personas que leen por obligación o resignación que por goce y placer.
Acaso por eso Borges, un hombre que dedicó -según dijo- su existencia a leer más que ha vivir, no exageró al afirmarr que para él los libros constituían una forma de felicidad a la que teníamos derecho los hombres y de igual modo las bibliotecas un reducto paradisíaco al que teníamos libre acceso cualquiera que lo quiera, sin distingo de edad, urgencia o vanidad.
"Yo soy pequeño desde pequeño", escribió alguna vez el gran escritor guatemalteco
Augusto Monterroso para referirse a su estatura física. Lo decía, que duda cabe, con franqueza, gracia y sabiduría  Pero lo decía, sobre todo, porque lo que le reagateó la biología lo debía a los libros; es decir, al descubrimiento y deslumbramiento de su uso y trato, en bibliotecas pobres y "tan malas que solo tienen libros buenos”.
Sin duda, de todos los inventos, el del libro, por tratarse tal vez del más humano de todos, guarda una extensión del atributo más humano que poseemos los humanos: pensar, evocar y explicar. Y del órgano más misterioso y complejo que lo procura: el cerebro. Memoria que convierte la existencia en historia.
Con todo, implacable, el tiempo destruye -por igual- libros y usuarios. Con pesar descubro (pues reposan alineados a mis espaldas), que mis libros igual que las mujeres que amé (y me amaron) lucen las huellas ignominiosas del tiempo. Huérfanas de mi mismo -esperando manos imposibles que las amen como las amé yo- conforman mi más bello y soñado harem.
La fascinación que producen los libros suele ser sutil y velidosa. Incluso un hombre tan riguroso, equilibrado y preciso, como el historiador Jorge Basadre no fue extraño a su cotidiano hechizo. No exento de sabia malicia, sostenía el sabio maestro, que no dejaba de ser sorprendente que el simple hecho de abrir una página y otra pudiera prodigar un placer, además de íntimo, no menos  intenso que aquel que procuran el contacto de los  cuerpos que se quieren y desean.
"Se escribe con palabras no con ideas", sentenció Moliere. Será por eso que siempre habrá -a pesar de los recursos virtuales- más lectores que lean que lectores que escriban. Y por más que los demagogos opongan los hechos a las palabras, siempre será la palabra primero, puesto que toda acción humana (digna de serlo) comienza por ser pensamiento. En buena cuenta: libro. Por eso mismo, aun cuando no forme parte de sus hábitos,  padres y docentes celebran tener hijos o alumnos lectores. (Tanto así, que hasta los presos lectores lo serán menos en el Brasil: cuatro días de rebaja de condena por libro leído).
No obstante, al margen del recurso obligatorio de la lectura para estudiar o informarse (o simplemente para matar el rato), cunde la edificante sensación de que leer nos hace deferentes, y hasta diferentes. De manera que el buen trato comienza por la palabra. Hablar para entenderse, o incluso para confrontar. 
"Lee y conducirás, no leas y serás conducido", dijo Santa Teresa. Con todo, y contra
todo, leer será para mi gusto siempre algo tan irracionalmente racional y humano como hacer el amor. Por eso, de todas, debo a un pintor; pero ante todo, un magnifico lector (Gody para sus amigos) la más breve y certera justificación para hacerlo:"Leer es lo que más le ayuda a uno a vivir". Y del mismo modo, porque si no sirve para vivir, debo a un escritor (MVLL) saberlo: "Estoy completamente convencido de que una persona que lee bien disfruta muchísimo mejor de la vida".
 

martes, 22 de mayo de 2012

CAYO MIERDA





Cuando ricos y pobres se resignan  a tolerar la intolerancia, a capitular ante la necedad y la mediocridad, se trata, sin remedio, de una desgracia. La desgracia no de que existan seres mediocres, soberbios y brutales que gobiernan sino de que personas decentes, laboriosas y capaces se lo permitan. De manera que, hablando sin remilgos, en buena medida, un gobierno de mierda no se distingue del pueblo que gobierna.
En 1953 una delegación de alumnos de la universidad de San Marcos, entre  los que se encontraba un joven estudiante de grandes dientes y prominentes sueños, compareció ante -entonces- la más poderosa excrecencia del Ochenio odriísta. Sin embargo, aunque aquel lúgubre episodio no tuviera otro destino que perderse en las sentinas del olvido resulta significativo -y una prueba de que la cultura transmuta la vida- que de aquel encuentro surgiera una de las páginas más luminosas de la literatura peruana. 


El director de  de Gobierno nos cito a media mañana, en su despacho de  la plaza Italia. Nos atacó el nerviosismo, la excitación, mientras esperábamos entre paredes grasientas, policías de uniforme y de civil y oficinistas apretujados en cuartitos claustrofóbicos. Por fin, nos hicieron pasar a su despacho. Ahí estaba Esparza Zañartu.  No se levantó a saludarnos, no nos hizo sentar. Desde  su escritorio nos observó con toda calma. Esa cara apergaminada y aburrida nunca se me olvidó. Era un hombrecillo adefesiero, curentón o cincuentón, o, más bien, intemporal,  vestido con modestia, de cuerpo estrecho y hundido, la encarnación de lo anodino, del hombre sin cualidades (al menos físicas). Hizo una venia imperceptible para que dijeramos qué queríamos , y, sin desplegar los labios, escuchó a quienes nos tocó hablar -balbucear- explicarle lo de los colchones y las frazadas. No movía un músculo y parecía estar con la mente en otra parte, pero nos escrutaba como a insectos. Por fin, con la misma expresión de indiferencia, abrió un cajón, levantó un alto de papeles y los agitó en nuestras caras murmurando: "¡Y esto?". En sus manos bailoteaban varios números del clandestino Cahuide.
Dijo que  sabía todo lo que pasaba en San Marcos, incluso quién había escrito esos artículos. Agradecía que nos ocupáramos de él en cada número. Pero que nos cuidáramos, porque a la universidad se iba para estudiar y no a preparar la revolución comunista. Hablaba con una vocecita sin aristas ni matices, con la pobreza y las faltas de lenguaje de quien nunca ha leído un libro desde que paso por el colegio.
No recuerdo que sucedió con los colchones, pero sí mi impresión al descubrir la desproporcionada idea que se hacía el Perú del tenebroso responsable de tantos exilios, crímenes, clausuras,  delaciones, encarcelamientos y la mediocridad que teníamos delante. Al salir de aquella entrevista sabía que tarde o temprano iba a escribir lo que acabaría siendo mi novela Conversación en La Catedral. (Cuando el libro salió, en 1969,  y los periodista fueron a preguntarle a Esparza Zañartu, que  vivía en Chosica,  dedicado a la filantropía y la horticultura, qué pensaba de esa novela, cuyo protagonista, Cayo Mierda, se le parecía tanto, repuso -imagino su gesto aburrido-: "Pssst...si Vargas Llosa me hubiera consultado, le habría contado tantas cosas...").

Entrevista:
 https://copypasteilustrado.wordpress.com/2014/01/22/entrevista-con-cayo-mierda/


sábado, 12 de mayo de 2012

LA PUTA VIDA

 
La obra justiifica la vida, la vida la obra. ¿Por qué y para qué se escribe? No solo su vasta obra, sino sus propias reflexiones son una respuesta. Pero acaso de todos los miles de páginas que conforman su obra - y que confieso sin verguenza conocer-, de todas, repito, acaso en el ensayo-homenaje Viaje a la ficcion. El mundo de Juan Carlos Onetti, Marió Vargas Llosa haya escrito la aproximación más luminosa a aquel misterio, que -no hay que olvidarlo- es también el misterio de su propia existencia. 


(1909-1994)
Si la vida fuera tan espantoamente sieniestra y la huamanidad una masa tan repelente de frustrados y amargados como dicen los  narradores y personajes de Onetti, dificilmente hubiera tenido quién los inventó el aliciente y la voluntad para coger la pluma -o sentarse ente la máquina de escribir- y dedicar tantos días, meses y años a elaborar una obra tan abundante y de tan sólida factura como la que forjó. ¿Quiere decir esto que había, en aquellas imprecaciones contra la  vida que jalonan las historias de  Onetti, puro teatro? No. Había algo más complejo: una protesta contra la condición que, dentro de  la inconmensurable diversidad humana, hacía de él una persona particularmente desvalida para eso que, con metáfora feroz, se llama "la lucha por la vida". La inteligencia de la que estaba dotado, en vez de  endurecerlo,  lo debilitaba para aquella competencia en la que gana no solo el más fuerte, sino el más entrador, vivo, pillo, simulador y simpatico. Inteligencia, sensibilidad,  timidez, propensión al ensimismamiento y una incapacidad visceral para jugar el juego que conduce al éxito -las despreciables "concesiones" a las que fulmina en sus historias-, lo fueron marginando dsde muy jóven, alejando de aquellos que persiguen y consiguen con denuedo "labrase un porvenir". No participó de dichas empresas porque carecía de esos apetitos y se sabía derrotado de antemano en semejante designio. Por eso, se contento,  desde muchacho,  con trabajos periodísticos y publicitarios con los que cumplía, aunque sin mayor entusiasmo y sin propósito alguno de valerse de ellos  para escalar posiciones y "triunfar". El fracaso le garantizaba, al menos, cierta disponiibilidad -tiempo- para sumergirse en la literatura, quehacer en el que sus limitaciones de la vida real  desaparecian y sus virtudes - la sensibilidad, la inteligencia y su cultura- que en la vida real eran más bien un lastre, le servían para fantasear una existencia infinitamente más rica, bella y sensible que la de su rutina cotidiana. Esta operación la resume bellamente el narrador de Para una tumba sin nombre, al final de la historia: "Lo único que cuenta es que al terminar  de escribirla me sentí en paz, seguro de haber logrado lo más importante que puede esperarse de esta clase de tarea: había aceptado un desafío, había convertido en victorias por lo menos una de las derrotas cotidianas". Escribir, era, para Onetti no una evasión, sino una manera de vivir más intensa, una hechicería gracias  a la cual sus fracasos se volvía triunfos. Por eso, toda la vida insistió en que la literatura no podía ser un mero oficio, una profesión, menos un pasatiempo,  sino una entrega visceral, un desnudamiento completo del ser, algo que tenía más de sacrificio  que de trabajo, que se llevaba a  cabo en la soledad y sin esperar por ello otra recompensa  que saber que, escribiendo, le sacaba la vuelta a la puta vida.