Al llegar al paradero
El transportista le responde que no tiene vuelto
Con urgencia procura hacer cambio
Nadie atiende su pedido
Se me ocurre entonces alcanzarle el importe
Aliviada sonríe mientras me agradece
La acompaña un anciano
A mitad del viaje revienta un neumático
Durante la obligada espera
Fuera del vehículo
"¿Tú papá?" le pregunto
"Sí, responde, tiene Alzheimer"
El viento sopla mientras el río suena
"Lo estoy llevando a Cajatambo antes que se olvide"
Siempre, desde mi remota
juventud, creí que la auténtica modernidad no era cuestión de mudanza
geográfica sino de diálogo cultural. De manera que (habida cuenta que se
asume al idioma como emblema de la modernidad) mas que escuchar
canciones, sin desmerecer, me impresionó leer libros escritos en ingles
en el país donde surgió la Civilización Andina; pero de todos, en
particular dos: "Ulises" y "La tierra baldía", publicadas ambas en
1922. Escritas por un irlandés que
se estableció en París y un norteamericano residente en Londres, James
Joyce y Thomas Stearns Eliot, representan las cumbres supremas de la
novela y poesía de la cultura anglosajona. Corroborando acaso aquel
aserto que asegura que las obras literarias trascienden la intención de
sus autores, el propio Eliot esbozó la siguiente conjetura: “Varios
críticos me han hecho el honor de interpretar el poema en términos de
una crítica al mundo contemporáneo; de hecho lo han considerado como una
importante muestra de crítica social. Para mí supuso solo el alivio de
una personal y totalmente insignificante queja contra la vida; no es más
que un trozo de rítmico lamento”.
Persuadido por aquella certeza,
bajo la rumorosa sombra frutal de la solariega casa que habito he
vuelto a leer a viva voz y de manera alternada (en ingles y en
castellano) la creación poética mas influyente del siglo XX. Y tal vez
aun de los pretéritos y venturos.
Despunta el alba Agradezco la hospitalidad Vuelvo al camino En la claridad del día Un puñado de colores Una sonrisa me aguardan Paso a paso entonces Inspirado transpiro Jubiloso recuerdo La belleza o la desgracia Decía Borges Con no menor rigor Nos aguardan Donde uno menos espera
Ese es (mejor dicho: será) el título de mi primer, y único, libro de
poesía. Escrito desde mi remota juventud se trata del libro de mi vida.
Llevará prologo del poeta argentino Juan Carlos Priotti y será impreso por el sello Gresami Editores del abogado y promotor cultural Ulises Requejo.
Pero acaso la mejor noticia sea que el gran maestro del violín andino
del Perú, protagonista de la pelicula "Sigo siendo" y de la memorable
grabación "Encantos andinos", Andrés "Chimango" Lares a aceptado
acompañarme con su cuerdas en la lectura de alguno de los poemas que
contendrá el libro de marras. El libro de mi vida.
Autor -en la compilación final de su obra- de catorce tomos (que bordean
en promedio el medio millar de páginas), Octavio Paz, fue, y quiso ser,
ante todo, y sobre todo, poeta.
Igual que su obra su palabra
perdura. Su voz serena y luminosa. Constante y generosa, hasta el final
de su existencia. Y más allá.
Amigos y familiares, que no pasan de unas cuantas decenas (pues el resto es selva), cifrados y nombrados en bolsos y bolsillos. Modernidad, ciudad, desierto público. Tiempo sonoro, silencio ausente. Las estadísticas demográficas tampoco cuentan. Ni siquiera sirven de consuelo. Solo revelan. Lo cierto es que toda mujer y todo hombre existe, a pesar de ellas, por poblar memorias y corazones. Pues, vivo o muerto, para el resto, igual da: manan canchu. No existen. Por tanto, el mundo no solo es cada vez más ancho y ajeno, sino cada vez más vasto y pequeño. Enano de humanidad. En ese contexto, mi amigo más lejano, en uso y costumbre (que no requiere portar un celular ni mostrarse a través de la red) al pié de los cerros que rodean su desolada morada en Lascamayo me aseguran ha dedicado unas emotivas lágrimas al saber que dos operaciones me han confinado a la paciencia y a la espera. Por si fuera poco -dice mi hermano- no conforme expresar su pesar me envía además un billetito. Todo junto, y justo, en el día de la amistad (que él, por cierto, ignora exista). Conmovido, aunque quisiera decirlo de otra manera, siento que solo puedo y debo decir: Gracias Cupi, gracias hermano, gracias por hacer menos ciego y sordo este mundo tumultuoso y ruidoso.
media tarde media cuadra miércoles 29.1.2014 mofletudo con las piernas chuecas asido a las gordas manos de una mujer negra no por la piel sino por el vestido avanza pareja una pareja nada pareja en contraste delante un muchacho enhiesto camina en silencio escoltando el paso soberano de la muchacha más bella que pasó y posó por aquella calle aquel día gordo calvo canoso los miro los admiro solo a medía tarde a mitad de la cuadra
Aun cuando la perennidad de sus actos alcance su mas alta cuota en el reposo de sus palabras, el interés por rescatar - entre tantos y entre tontos - sus imágenes crece cada día como la sombra cuando el sol declina. Por eso, a riesgo de rodar por los abismos del lugar común, el poeta vive tanto que en la comunidad campesina de Huayllapa (provincia de Cajatambo) hasta se llama César Vallejo Santos.
Miguel de Cervantes fue, y será siempre, español. Pero, a la postre, lo es, y será, más, no tanto por haber nacido en la Peninsula Iberica como por haber contribuido a forjar los cimientos de una comunidad mucho más verosomil y próxima que la de los territorios: la del idioma. Y puesto que el idioma -en realidad, cualquier idioma- se alimenta de la imaginación de quienes lo usan, nada más grato, entre nosotros, hispanos del Perú, que encontrar una magnifica reseña de Alonso Cuento dedicada a la vida (pasajera) y obra (perdurable) de un extraordinario poeta.
Para desconcierto y admiración de sus amigos, Constantino Kavafis
tuvo la gracia de morirse el 29 de abril de 1933, día de su cumpleaños.
Acababa de cumplir setenta años de una vida secreta, en cuyo silencio
escribió algunos de los poemas más memorables de nuestro tiempo.
Heredero de la lengua griega de sus padres, nunca dejó de ser un
viajero, de muchos idiomas. Pasó su infancia en Alejandría y luego vivió
en Inglaterra; a lo largo de su vida como periodista y funcionario del
Estado fue de un país a otro. Desde 1885 se instalaría otra vez en
Alejandría, y fue allí donde se dedicó a su obra. No escribió más de
ciento cincuenta y cuatro poemas. A lo largo de su vida, no publicó sino
dos pequeñas ediciones privadas, con unos cuantos textos. En realidad,
él imprimía sus poemas en ediciones caseras, se encargaba de escoger a
quienes creía que podían comprenderlos, y se los regalaba. Uno de los
artífices de su difusión fue E.M. Forster, el gran autor de “Un pasaje a
la India”, quien lo conoció en Alejandría cuando Forster era
funcionario de la Cruz Roja. Arnold Toynbee y T.S. Eliot fueron también
promotores de sus poemas. Dos años después de su muerte, en 1935, se
publicó una antología, que estableció su fama. David Hockney hizo una
serie de cuadros basados en sus poemas. También tenemos desde 1996 una
película biográfica llamada Kavafis, dirigida por Yannis Smaragdis.
Los versos de Kavafis son concisos, directos y rara vez riman. Según
parece, las únicas rimas en su obra tienen un propósito irónico o
paródico. Sin apuro por publicar, era capaz de pasarse diez años
trabajando en un mismo poema. Los placeres sensuales, la nostalgia, la
experiencia homosexual y la belleza del mundo natural son obsesiones
permanentes.
Algunos de estos poemas se han convertido en piezas estelares de la
memoria de muchos lectores. Los más famosos son sin duda “Esperando a
los bárbaros” (título que Coetzee daría a una novela), “Los idus de
marzo” y, por supuesto, “Ithaca”. Una de sus estrategias es ubicar a
personajes históricos y darles una voz íntima que los acerca a los
lectores. “Ithaca”, escrito en segunda persona, representa la voz de
Ulises al inicio de la década que le tomaría volver a su ciudad natal.
El poema podría ser la carta de cualquier viajero y, en realidad, de
cualquier vida concebida como un viaje: “Cuando inicies el viaje a
Ithaca / ruega que el camino sea largo / lleno de aventura, lleno de
conocimiento”. En el poema de Kavafis, el objetivo no es el destino sino
el recorrido. Ese camino en el que el viajero puede ver “mercados
fenicios”, “lestrigones”, “cíclopes” y el “salvaje Poseidón” es en
realidad su objetivo. No caminamos para llegar a un punto sino por la
experiencia del camino mismo. El punto de llegada no es sino el pretexto
para una nueva ruta. Al final es mejor “anclar junto a la isla cuando
estés viejo, rico con todo lo que has ganado en el camino”.
Todos sus poemas pueden encontrarse en las ediciones de Visor y de
Seix Barral y de un modo abundante en internet donde sus seguidores lo
acompañamos todavía, a los ochenta años de su puntual muerte.
UN ANCIANO En el lado de adentro del bullicioso café inclinado sobre la mesa, está sentado un anciano: con un diario delante, sin compañía. Y en el desmedro de la aciaga vejez piensa qué poco gozó los años en que tenía fuerza, y palabra, y apostura. Sabe que ha envejecido mucho; lo siente, lo ve. Y sin embargo el tiempo en que era joven parece como ayer. Qué breve espacio, qué breve espacio. Y medita cómo le engañó la Prudencia; y cómo siempre confió en ella, ¡qué locura!- la mentirosa que decía: "Mañana. Tienes mucho tiempo". Recuerda los ímpetus que contenía; y cuánta alegría sacrificada. Cada ocasión perdida se burla ahora de su necia prudencia. ...Pero de tanto pensar y recordar un vértigo le invade. Y se queda dormido apoyado en la mesa del café. http://www.paginadepoesia.com.ar/escritos_pdf/cavafis_100.pdf
El siguiente es el poema que el autor del libro eligió y prefirió para su antología. Fue su parecer, y aun así, lo celebro, pues habida cuenta que es más fácil hacer hijos que escribir meritorios poemas; es este, y no otro, el poema de mi vida. Aquel que hubiese querido encontrar en algún libro; tanto así que, al no hallarlo, debí escribirlo.
No sé como llegó. Ni quién es treinta años después.
Solo sé que teníamos seis o siete años e íbamos a la
misma escuela.
Recuerdo el atardecer. (Yo jugaba en la carretera
cerca de la huerta de la abuela).
También me son ajenas las cosas que dijimos al
vernos.
Lo cierto es que algo ocurrió a través de las
palabras.
La vi de pronto franquear el zaguán. Cruzar el patio
desierto y desparecertras el cuarto de calamina.
Bajo la sombra cómplice de cuatro borrosas paredes
la puerta hizo tanto ruido que, a su modo, creo, celebró aquel ansioso
descubrimiento. Apenas unos retazos de luz invadían nuestra menuda privacidad.
Entonces no nos dábamos cuenta de la atroz soledad
que rodean los actos del amor. Solo sabíamos que estábamos solos y eso bastaba.
Quien sabe si ladraría algún perro a lo lejos. O
acaso el trote apurado de algún caballo con su jinete nos pusiera algo nerviosos.
No lo sé.
Yo solo veo juntarse -igual que estas palabras- su
cuerpo tierno bajo mi cuerpo pequeño.
Así fue, o así me parece que fue.
(Tanto no puedo equivocarme).
A los pocos días, muy a mi pesar, me vi con espanto
abandonar la tierra donde nací. Una escuela nueva y una ciudad distinta me
esperaban.
Pasaron los años y en las calles donde anduve de
niño soy ahora casi un extraño.
Que más da.
Un extraño que extraña su sombra amada en la
oscuridad del tiempo.
Creo que la vida es una coincidencia que debemos celebrar, a pesar de la fatalidad de nuestras existencias. Pues, es fatal, precisamente porque nos acostumbramos a vivir olvidando que debemos dejar de hacerlo.