Mostrando entradas con la etiqueta Ambar. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ambar. Mostrar todas las entradas

martes, 20 de junio de 2017

TRAGEDIA y POESÍA



Un día de fines de 1997 un rayo mató a Joaquina.
Murió en las alturas de Ambar pero nació en Cajatambo.
En 2013, camino a Ambar para inaugurar una biblioteca, leí el poema que escribí en su nombre ante una comitiva de poetas y escritores de Argentina, Ecuador y Perú.
Terminada la ceremonia de protocolo los visitantes pidieron en pleno trasladarse al cementerio.
Frente a su tumba hubo cantos y lectura de poesía.
Y en mis ojos: lágrimas invisibles de gratitud.




JOAQUINA

Miro tu foto
en la portada de un periódico.
Tu cuerpo inerte
sobre la camilla de palos.

El tempo ha pasado
y parece mentira
tanta noticia.

Parece mentira pero es verdad.

Las tardes de junio cuando cantabas
en San Juan.
Tu vida en Torrejirka
donde llegaste siendo niña todavía.

Todo ha terminado.
Tu imagen es ahora un símbolo trágico,
una usencia famosa.

Parece mentira pero es verdad.
Encontrarte en una esquina
y en otra.
Y saber que eres y no eres.


miércoles, 13 de julio de 2016

DEUS


A los 23, conocí a Meche. La conocí en Ambar aunque vivía en Brasilia. Treinta años después, uno de los gratos resultados de aquella coincidencia, es, entre otras gratitudes, ésta traducción de las palabras de José Saramago (1922-2010), el escritor portugués, autor de O Evangelho segundo Jesus Cristo.


"Si Dios existe, solo hay un Dios. Si ese Dios es el creador, entonces es el responsable de toda la creación. Lo que no alcanzo a entender es que, estando todos lo creyentes en Dios obligados, por propia lógica,  que si existe un Dios se trata de un solo Dios, tengamos que llegar a la desoladora conclusión de que las religiones nunca servirán para unir a los hombres, y que por el contrario,  servirán para provocar horrores de toda especie. Eso no prueba que Dios no exista. Lo que no puedo aceptar es que ese Dios creador tuviese, como suprema creación, a eso que nosotros llamamos humanidad. Y, por otro lado, si Dios existe y creo al hombre hace millones de años, la pregunta es ésta: qué es de él desde entonces? No parece que haya hecho gran cosa".

"Ahora, lo que tampoco consigo entender es que todo eso se pueda reducir a un señor que creo el mundo en seis días y que al séptimo se tomó un descanso; y que, pasado un tiempo, miro para abajo y al ver que estaba lleno de pecados mandó a su hijo. Mandó a su hijo para morir, lo que no tiene aun mas ningún sentido".

jueves, 17 de septiembre de 2015

EL MIRADOR DE LOS REYES


Yerupajá y Siulá, Cordillera Huayhuash

A cinco mil metros de altura, justo en el límite de los distritos de Ambar y Gorgor, que es también la frontera entre las provincias de Huaura y Cajatambo, se encuentra el Mirador de los Reyes, desde el cual se aprecia el nevado Yerupajá y Siulá, junto con los demás picos que conforman la Cordillera Huayhuash. Asimismo, a mayor distancia, se alcanza incluso a distinguir el Huascarán, ni mas ni menos.
El Mirador de los Reyes forma parte de la Ruta de Trekking Caral-Kotosh que se estrenará el 2016, y que no es otra cosa que el recorrido de remotos caminos por los que se expandió la Civilización Andina.






martes, 8 de septiembre de 2015

"EXPRESO AMBAR"

Al fallecer Cesar Melendez Sifuentes, chofer y propietario del legendario "Expreso Ambar", mi madre me dijo: "Quiero que hables". La tarde del 13.4.2006 fue este el discurso que pronuncie.
é

Después de rodar durante cerca de cincuenta años el más abuelo y recio camión que recorría los mercados y las calles de Huacho ha suspendido de golpe su cotidiano ir y venir. Más precisamente: después de transportar miles de toneladas de productos agrícolas, miles de reses y miles de personas el “Expreso Ambar”, el último mixto de gastados colores azul y celeste que aun surcaba a diario los 70 Km. de trocha ondulante entre Huacho y Ambar, realizó la semana pasada lo que sería su recorrido final (entre un total de mas de 15 mil viajes) entre Ambar y Huacho fletado –igual que tantas otras veces – de fragantes frutos y frescos tubérculos acabados de cosechar.
Y es que tras la abrupta noticia (pues la muerte que es lo más esperado es siempre lo más inesperado) del repentino fallecimiento, ocurrido el 11 de abril del 2006, del conductor del “Expreso Ambar”, don César Meléndez Sifuentes, para los tres mil pobladores del distrito de Ambar y para otros miles de residentes ambarinos en Huaura, Huacho, Lima y aun confines más remotos que no viene al caso nombrar, la sentida y súbita desaparición del mas veterano y respetado de sus transportistas constituye el dramático y valeroso final de un aguerrido y generoso capitán de ruta, de un hombre y su maquina que durante décadas fue el puente servicial que unió vidas y movilizó los frutos de esas vidas del campo a la ciudad con rara laboriosidad y disciplina.

Rudo y cordial, lisuriento pero jamás grosero, a quienes lo conocimos, su partida nos sorprende igual que la discreta dignidad de su existencia. Su muerte aunque dolorosa lo engrandece porque resulta ejemplar por su trágica sensatez y valiente determinación. Pues prefirió morir igual a como vivió: amando la vida sin correrle al peligro. Tampoco a la muerte. Por eso mismo, podría haber hecho suyas estas palabras:“La muerte, mujer al fin, me atrae. Llegado el momento si no viene, saltaré a su encuentro”.
Fue acaso el único y último hijo de aquel distrito que perteneciera a Cajatambo que ostentó verdadera pasión por la musica cajatambina, y de igual modo, fue acaso el único y último transportista que antes que un pasajero vio en sus viajeros un paisano. Un paisano no solo a quien servir, sino también en ocasiones a quien socorrer. 
El paso del tiempo lo convirtió en el personaje mas conocido, reconocido y querido del distrito de Ambar. Aquel que nació de la singular unidad motorizada y humana de un muchacho recién salido del servicio militar que un día regresó a su tierra para quedarse aferrado al timón de un reluciente Ford decidido a abatir las distancias y los laberintos de la soledad y poblar de cosas y recuerdos la memoria y los corazones de generaciones de viajeros.
Viajeros, que cualesquiera que sea las rutas que recorran y donde quiera que se encuentren, verán siempre rodar al “Expreso Ambar” por las melancólicas rutas de la nostalgia. Viajeros, igual a aquella joven madre que en 1963, recién llegada de Cajatambo camino a Ambar, se embarcó un día en el “Expreso Ambar”, con un niño entre sus brazos. Ese niño que es en este momento el hombre quien les habla y que acata el deber ineludible de expresar estas palabras de insobornable gratitud.


sábado, 15 de febrero de 2014

AMISTAD


Lascamayo


Amigos y familiares, que no pasan de unas cuantas decenas (pues el resto es selva), cifrados y nombrados en bolsos y bolsillos. Modernidad, ciudad, desierto público. Tiempo sonoro, silencio ausente.
Las estadísticas demográficas tampoco cuentan. Ni siquiera sirven de consuelo. Solo revelan. Lo cierto es que toda mujer y todo hombre existe, a pesar de ellas, por poblar memorias y corazones. Pues, vivo o muerto, para el resto, igual da: manan canchu. No existen.
Por tanto, el mundo no solo es cada vez más ancho y ajeno, sino cada vez más vasto y pequeño. 
Enano de humanidad.
En ese contexto, mi amigo más lejano, en uso y costumbre (que no requiere portar un celular ni mostrarse a través de la red) al pié de los cerros que rodean su desolada morada en Lascamayo me aseguran ha dedicado unas emotivas lágrimas al saber que dos operaciones me han confinado a la paciencia y a la espera.
Por si fuera poco -dice mi hermano- no conforme expresar su pesar me envía además un billetito.
Todo junto, y justo, en el día de la amistad (que él, por cierto, ignora exista).
Conmovido, aunque quisiera decirlo de otra manera, siento que solo puedo y debo decir: Gracias Cupi, gracias hermano,
gracias por hacer menos ciego y sordo este mundo tumultuoso y ruidoso.


martes, 5 de febrero de 2013

SAKSAY




Apenas al despertar (aunque

 en verdad casi no dormí)

me acerqué a su cama

y besé su frente para despedirme.

Fue al amanecer,

 indulgentes y piadosas, recuerdo

todavía sus palabras:

“Que pasa hijo, que tanto te desesperas:

tu madre no se ha muerto todavía”.

Tan pronto calló crucé el puente

a la carrera.

Y así mientras mi madre aun dormía

yo corría quebrada abajo.

Tenía 20 años y unas breves horas

para cruzar gradas, vados y puentes.

Empapado de sudor al llegar al pueblo

temí no encontrarla.

La fiesta había terminado

y las calles lucían otra vez desiertas.

Sin embargo, al doblar una

esquina sufrí más de susto

que de gusto:

sentada sobre el lomo

 de una mula reía feliz.

Al  verla, su belleza me intimidó:

era más hermosa de lo que creí.

No por nada -luego lo sabría-

en la escuela le decían Mama Shona.

Y es que solo la hermosura

de la patrona del pueblo

podía competir con la suya.

Con todo, igual que dos días antes,

me lancé al ruedo. Desafíe su olvido.

La vi, le hable y la seguí.

Desde lo alto de una pirca,

rodeada de flores,

con los brazos abiertos

me sonreía y me decía: “Ven, ven”.

Parecía un milagro, pero no,

era la vida. Era el amor.

El dulce abismo del amor.


domingo, 27 de enero de 2013

LASCAMAYO




Manso rumor
Murmullo sempiterno
Verde arrayán solitario

Hojas de coca
Copas de ron

Yendo/Viniendo

De mano en mano
De copa en copa

viernes, 5 de junio de 2009

HISTORIAS DE CAMINOS



















En 1984, con ocasión de las fiestas patronales, al cumplir los veintidós años, decidí volver a Cajatambo. Pero -a diferencia de cientos de mis paisanos- en lugar de comprar un pasaje o acondicionar el rodado familiar decidí alistar mi caballo. Durante dos días (entre doce y ocho horas) cabalgué hasta llegar. Al atardecer, poseído de una emoción tan intensa -solo comparable al melancólico furor del sol cuando se va- me detuve a contemplar los oscuros techos de calamina y las estrechas callecitas del pueblo donde nací. Entonces comprendí que mi viaje más que un regreso era un homenaje al pasado. Un reencuentro con mis antepasados al mismo tiempo que un inolvidable privilegio de la vista en la vasta desolación de las alturas. (Pues siempre me acompaño la certeza de que aquel solitario peregrinaje que emprendí desde Ambar hasta Cajatambo era más que la reiteración de la ruta de extintos viajeros).
Veintidós años después, en el 2008, he vuelto a recorrer aquel viejo camino de piedras legendarias y mi primera impresión ha sido de sorpresa y gratitud. Sorpresa por encontrar intacto el sendero guardado en mi memoria y gratitud por haber sido el muchacho a quien debo este recuerdo. Pues aun con veinte kilos más (y demás) al cruzar las lagunas de Jurorcocha y en especial al ascender a la cima de Huamáncalle (que quiere decir: Morada de los Cóndores) y coronar la más hermosa vista del horizonte de montañas que forman la Cordillera Huayhuash era evidente que había alcanzado la altura más elevada del camino y al mismo tiempo de mi nostalgia.
Sin embargo, aun cuando en ningún momento me propuse no regresar tampoco consideré necesario hacerlo. En todo caso me pareció suficiente recompensa saber que aquel secreto y memorable viaje sería siempre uno de los aciertos más preciados de mi remota juventud. Pese a todo, me indujo el deber a volver. El deber de compartir lo que un día mire y admire. De manera que cuando Oyvind Wesseltoft (un noruego que acostumbra con orgullo aclarar: “No soy gringo. Yo soy vikingo”) me comunicó su decisión de inaugurar una nueva ruta para Coexamazón, la empresa de turismo vivencial que junto con Laura, su esposa, dirige, que uniría Caral con Kotosh; es decir, dos regiones (Lima y Huanuco) y cuatro provincias (Barranca, Cajatambo, Lauricocha y Huanuco) a través de apartadas trochas carrozables y olvidados caminos de herradura, tuve la certidumbre absoluta de saber, al fin, que no era solo un audaz aventurero nórdico quien me llamaba sino el destino.
Una certidumbre que a la luz de las estrellas -cuando todavía las estrellas iluminaban el pueblo donde nací- la misma noche de mi llegada, enfundado en un poncho negro, me fue hermosamente revelada en la calles de Cajatambo al ritmo de las guitarras y las mandolinas: ”Que culpa tengo yo/ de ser cholo cajatambino./Todos dirán ya se fue;/ nadie me recordara/ pero yo he de volver/ a mi santa tierra”. Habituados a entonarla todos en el grupo, amigos y familiares, bailaban y cantaban esa repetida canción; solo yo, en la discreción de la noche, era el único que bailaba y a la vez lloraba, en silencio, a la luz de las estrellas.

lunes, 27 de abril de 2009

POR LAS RUTAS DE CARAL


Escribo este artículo apoyado sobre una piedra. Tengo ante mí un río escuálido (que hace más bulla que aguas lleva). Sin embargo, quien lo diría, se trata del mismo río que hace cinco mil años hizo posible el surgimiento de Caral. Pues aunque los campesinos del valle lo ignoren, este mismo rio con el que riegan sus parcelas -que también deviene torrentoso en los meses de verano- dió vida a uno de los vestigios más antiguos y deslumbrantes de civilización hallados en el continente americano. Pero asimismo, en contraparte, casi todos los visitantes que acuden a recorrer la ciudadela sagrada desconocen que el río que dió, y da, vida a Caral brota de un par de bellas lagunas.
Dos lagunas que según la leyenda local forman pareja (pues una es hembra y el otro macho, en la interpretación de los lugareños). Y fue precisamente allí en las lagunas de Jurorcocha que uno de mis antepasados, mi tío abuelo David Reyes, hizo algo mejor que escribir una crónica puesto que sembró de truchas las cristalinas aguas de las lagunas a mediados del siglo pasado para que, desde entonces, descienda a través del rio Ambar alimentando no solo los campos sino el estomago de generaciones de familias de agricultores y ganaderos.


Tanto así que Gabriel Chamorro a decidido ser el primero en criar truchas en cautiverio dado el casi arrasamiento actual del rio Ambar. Pero tan así también que hasta ahora no se repone de la feliz sorpresa que le procuró el simple hecho de invitar una porción de truchas fritas y papas sancochadas a una infrecuente comitiva que camino a las lagunas hicieron un alto en su choza de Agua Blanca para apreciar su cariño. Pues, cuando menos lo esperaba y por más que le bastara la gratitud de los viajeros, en un santiamén vio aparecer entre sus manos unos soles impensados reunidos en el acto y por si fuera poco recibido de manos de una muy amable señora que instó al grupo (que para Gabriel eran todos ingenieros) a retribuir su atención.


Por mi parte, al pasar por el pueblo de regreso escucho al alcalde  hablar con entusiasmo de la decidida incursión que hizo la arqueóloga Ruth Shady a las alturas de Ambar (que no es otra que “la doña” del relato de Gabriel). Asimismo, el alcalde tampoco deja de ponderar la valentía y tenacidad de la conductora del Proyecto Arqueológico Caral (aunque, a decir verdad, ignora que la arqueóloga en la oscuridad rodó del caballo y estuvo por algunos minutos extraviada y maltrecha hasta que fue socorrida de manera providencial por Olga, una campesina que la rescato y la condujo a su casa) y que pese a aquellas peripecias caballerescas del viaje, retornó complacida y agradecida por haber recorrido los confines remotos de aquel río que antes de llamarse río Supe es el río Ambar.