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viernes, 30 de octubre de 2015

BRINDIS DE PALABRAS


Al agradecer todos los saludos (intangibles y virtuales) sin menoscabo de los otros (fugaces y factuales) creo oportuno manifestar que siempre extrañaré tener 50 años. Pero mi nostalgia se funda no tanto en que la medía centuria es una edad de celebraciones preeminentes y hasta prominentes, en mi caso, se debe sencillamente a todo lo vivido y compartido (ceremonia en Palacio de Gobierno, el descubrimiento de la Cordillera Huayhuash, participación en el festival internacional de homenaje a J. M. Arguedas, un libro en camino y un gran amor en este recodo del camino) comporta el breve y puntual recuento de mi regocijo.
Pero en particular, celebro con no menos gratitud, las muestras de aprecio y los saludos de quienes me leen y me escuchan. Habitar un lugar en su memoria y en sus afectos me conmueve y emociona. Pues saberlo me hace sentir que todos los días son para mí tal si fueran mi cumpleaños.


Ser destinatario de la atención y la invitación de los jóvenes conformantes de la asociación cultural "Musuq Yawar" en la tierra de Arguedas y de igual modo del colectivo "Cielo Abierto" en Barranca (la otra tierra del maestro) es desde ya un regalo y al mismo tiempo un apasionante desafío. Y ni que decir, de las consideraciones de la tierra en que nací (Cajatambo) y de aquella a la que me alberga (Huacho).
Quisiera decir más cosas pero prefiero limitarme a creer que -tal como lo creí siempre- a partir de los cincuenta viviría la vida de mi sueños. Y por eso, envanecido por todos los mensajes recibidos, prefiero concluir con uno que merece conservarse en el joyero de la memoria y del corazón: "Mi querido amigo César Augusto Reyes Villanueva, tenga Usted el saludo de toda mi familia y mío. Amigo de siempre, desde los años sanmarquinos hasta el presente. Distinguido por ese derroche de caminos seguidos en la realidad y la ficción. En tu día César, un brindis y un gran afecto. Y como dice Ruben Blades en su canción 'La Mora': 'Que el cielo te colme de habichuelas".
Si es verdad que una de las razones para escribir es la distinción de ser querido y requerido convencido lo proclamo y digo: valió la soledad. Gracias. Es decir: ¡Salud amigos!

jueves, 15 de octubre de 2015

PARA QUITARSE EL SOMBRERO


"Existen ocasiones en que lo besos se dan no con los labios sino con la mirada", decía Walter Salazar, mi cómplice amigo de lecturas y aventuras. Hoy mas que nunca, con emoción y gratitud, viendo a Mery, delicada y elegante, compruebo -con jubilo y pesar- que mejores besos no se pudieron inventar.



martes, 8 de septiembre de 2015

"EXPRESO AMBAR"

Al fallecer Cesar Melendez Sifuentes, chofer y propietario del legendario "Expreso Ambar", mi madre me dijo: "Quiero que hables". La tarde del 13.4.2006 fue este el discurso que pronuncie.
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Después de rodar durante cerca de cincuenta años el más abuelo y recio camión que recorría los mercados y las calles de Huacho ha suspendido de golpe su cotidiano ir y venir. Más precisamente: después de transportar miles de toneladas de productos agrícolas, miles de reses y miles de personas el “Expreso Ambar”, el último mixto de gastados colores azul y celeste que aun surcaba a diario los 70 Km. de trocha ondulante entre Huacho y Ambar, realizó la semana pasada lo que sería su recorrido final (entre un total de mas de 15 mil viajes) entre Ambar y Huacho fletado –igual que tantas otras veces – de fragantes frutos y frescos tubérculos acabados de cosechar.
Y es que tras la abrupta noticia (pues la muerte que es lo más esperado es siempre lo más inesperado) del repentino fallecimiento, ocurrido el 11 de abril del 2006, del conductor del “Expreso Ambar”, don César Meléndez Sifuentes, para los tres mil pobladores del distrito de Ambar y para otros miles de residentes ambarinos en Huaura, Huacho, Lima y aun confines más remotos que no viene al caso nombrar, la sentida y súbita desaparición del mas veterano y respetado de sus transportistas constituye el dramático y valeroso final de un aguerrido y generoso capitán de ruta, de un hombre y su maquina que durante décadas fue el puente servicial que unió vidas y movilizó los frutos de esas vidas del campo a la ciudad con rara laboriosidad y disciplina.

Rudo y cordial, lisuriento pero jamás grosero, a quienes lo conocimos, su partida nos sorprende igual que la discreta dignidad de su existencia. Su muerte aunque dolorosa lo engrandece porque resulta ejemplar por su trágica sensatez y valiente determinación. Pues prefirió morir igual a como vivió: amando la vida sin correrle al peligro. Tampoco a la muerte. Por eso mismo, podría haber hecho suyas estas palabras:“La muerte, mujer al fin, me atrae. Llegado el momento si no viene, saltaré a su encuentro”.
Fue acaso el único y último hijo de aquel distrito que perteneciera a Cajatambo que ostentó verdadera pasión por la musica cajatambina, y de igual modo, fue acaso el único y último transportista que antes que un pasajero vio en sus viajeros un paisano. Un paisano no solo a quien servir, sino también en ocasiones a quien socorrer. 
El paso del tiempo lo convirtió en el personaje mas conocido, reconocido y querido del distrito de Ambar. Aquel que nació de la singular unidad motorizada y humana de un muchacho recién salido del servicio militar que un día regresó a su tierra para quedarse aferrado al timón de un reluciente Ford decidido a abatir las distancias y los laberintos de la soledad y poblar de cosas y recuerdos la memoria y los corazones de generaciones de viajeros.
Viajeros, que cualesquiera que sea las rutas que recorran y donde quiera que se encuentren, verán siempre rodar al “Expreso Ambar” por las melancólicas rutas de la nostalgia. Viajeros, igual a aquella joven madre que en 1963, recién llegada de Cajatambo camino a Ambar, se embarcó un día en el “Expreso Ambar”, con un niño entre sus brazos. Ese niño que es en este momento el hombre quien les habla y que acata el deber ineludible de expresar estas palabras de insobornable gratitud.


jueves, 11 de junio de 2015

PEDRO REYES BARBOZA


10.6.2015

Discurso leído en memoria de Pedro Reyes Barboza ante su tumba en Huacho

(1929-1970)

Amigas y amigos:

Acatando uno de los mas esenciales y unánimes sentimientos que une e identifica a los hombres de todos los tiempos y de todos los confines, persuadidos y compelidos por el inexorable e intimo mandato de la sangre que nos conduce a honrar nuestra querencia de origen y sus manifestaciones, hoy nos encontramos aquí frente a la tumba donde reposan los restos del hombre que con apenas un puñado de palabras nos lego el mayor tesoro que guarda el cofre de nuestra memoria: “Cajatambina”, la canción-himno a la que diera vida Pedro Reyes Barboza a mediados del siglo pasado y que al mismo tiempo es la que mejor perenniza la gratitud de nuestras nostalgias y emociones.
Crecimos con “Cajatambina” y a “Cajatambina” le dimos vida con nuestras vidas. Pues existen dos cosas que ningún hombre ni ninguna mujer elige, pertenecer a la familia en que nace y conformar el pueblo al que pertenece. En ese sentido, “Cajatambina” constituye la mas jubilosa síntesis de aquel designio. Pues “Cajatambina” es el mejor y mas bello homenaje a Cajatambo, a aquel pueblo andino e hispano que preserva lo que Huacho perdió.
Tan es así que el quechua de la que fueron forjadores los hombres y mujeres de estas tierras cálidas y litorales es el quechua que aun perdura en Cajatambo. Y esa no es una exaltación gratuita sino la evidencia de lo que la mayor figura académica e intelectual de la historia de Huacho, el lingüista -cuyos restos yacen en este mismo aposento fúnebre- Alfredo Torero estableciera con categórico rigor.
Del mismo modo, tal y como lo viera en un mes de junio de 1825 en las calles de Huacho en las celebraciones de Corpus Cristi, cuando Huacho era apenas poco mas que una aldea, los naturales de este pueblo -como los llama en sus memorias el marino ingles William Benett Stevenson- bailaban una danza guerrera que aun se baila en Cajatambo y que el consejo regional de Lima acaba de reconocer como patrimonio regional: “Los Huancos”.
Por todas estas razones, que son mas que razones, esta tarde se encuentran aquí no solo los cajatambinos ni solo los huachanos sino los huachanos-cajatambinos. Aquellos que vinieron para darle (aunque mejor seria decir devolverle) a Huacho lo que Huacho perdió y del mismo modo para alcanzar lo que en Cajatambo no podían alcanzar. Y por eso ningún acierto podía ser mas certero de parte de los devotos de Santa Maria Magdalena de Cajatambo en esta ciudad que la de honrar la memoria de quien, mejor que nadie, simboliza aquella encrucijada vital.
Hijo de un honorable juez nacido en Cajatambo y cuya jurisprudencia se desarrollo en Huacho, Pedro Reyes Barboza nació en el Callao el 3.12.1929. Pero el resto de su existencia transcurrió aquí en Huacho. Por eso fue alumno del emblemático colegio Luis Fabio Xammar. Y después estudiante de la escuela de medicina de la universidad de San Marcos. Como médico, ejerció la especialidad de gineco-pediatra.
Fueron escenario de sus labores de servicio médico las ciudades de Huacho y Barranca, donde también -casado con una dama de familia huachana y barranquina- nacieron sus cuatro hijos varones. Es así que para 1970 Pedro Reyes Barboza era una reconocido médico residente en Barranca, en donde para homenajear a su esposa Teresa Mispireta por su cumpleaños el 27 de mayo inauguro nueva casa y estreno nuevo carro para el desplazamiento familiar.
Y es precisamente 1970 el año en que los peruanos, como nunca jamas, experimentaron -casi simultáneamente- una de las mas intensas emociones colectivas y uno de los mas desgarradores padecimientos. Pues 1970 fue el año que, por primera vez y por derecho propio, el Perú concurrió a un mundial de fútbol. Y por eso, para su mayor regocijo, haciendo uso de sus vacaciones, el médico huachano-cajatambino planeo viajar a México para alentar al equipo peruano. Sin embargo, cuatro días después de la celebración, el 31.5.1970 aconteció el mayor desastre natural que ha asolado suelo peruano. Entonces, en lugar de viajar a México el médico huachano-cajatambino solicito ser reincorporado a prestar servicio y emprendió arriesgado vuelo a la zona de desastre en donde habían fallecido del golpe setenta mil peruanos. En esas criticas circunstancias, exactamente un día como hoy, hace 45 años, cuando volaba sobre las inmediaciones de la zona devastada en medio de la mas densa polvareda el helicóptero que transportaba a los socorristas, entre los que -por desgracia- se encontraba Pedro Reyes Barboza, colisionó contra un cerro. Y fue así como el autor de “Cajatambina” emprendió vuelo hacia la eternidad.
Por eso, esta tarde no honramos solo a un cajatambino ni solo a un huachano sino a un peruano ejemplar que con su vida nos mostró y nos demostró cual es el camino para serlo. Y puesto que un hombre es tanto de donde nace tanto como de donde yace, el pueblo cajatambino y el pueblo huachano aquí reunido esta tarde Pedro Reyes Barboza te agradece.
Finalmente, con la gratitud de contar con sus presencias, a nombre de mi familia quiero agradecer a mis paisanos por este gesto memorable, y a nombre de mis paisanos quiero de igual modo agradecer a los medios aquí presentes su concurrencia en este homenaje a un hombre que honra por igual a Huacho y a Cajatambo,
Muchas gracias.

Egel Salazar y Nivardo Rosales interpretan "Cajatambina"

Invitadas y devotas de Maria Magdalena

Invitados y devotos de Maria Magdalena

Eu \ Noga

 

viernes, 25 de abril de 2014

UNA PALOMA ENTRE LOS NOGALES


“Dígame, ¿sabe usted cual es el segundo apellido de José Gabriel?” “Su esposa le decía Chepe”, respondo primero, y enseguida: “Noguera”. Celebra mi respuesta y agrega: “Es usted el primer peruano que da la respuesta correcta. La verdad que me alegra mucho”.
Por mi parte, señalando el término identificatorio de mi correo electrónico, les digo: “Wilakoj  es una palabra quechua que quiere decir: el que cuenta”. “En mi caso, mi apellido, Noguera, en catalán quiere decir nogales, y el de mi esposa, Coloma, quiere decir paloma”. Al escucharlo no puedo evitar sonreír y decirle a su esposa: “Entonces usted es una paloma entre los nogales”. Enseguida todos reímos.
Rodeados de libros, ante las mesas de la discreta biblioteca del Museo de Huaura, Jorge Noguera (España/Cataluña) y Elsa Coloma (Perú/Huacho), al final del recorrido me dejan sus datos con el generoso entusiasmo de seguir conversando. No por nada, me cuenta Jorge con orgullo, en su casa lo acompañan más de tres mil volúmenes y que en la vida tres cosas le dan vida a su vida: descubrir personas, recorrer pueblos y capturar conocimientos. Al escucharlo, le digo que aquellas tres pasiones son en realidad una sola.
Antes de partir, mira con atención los dos volúmenes de la Colección Documental de la Independencia del Perú, que este día (25.4.2014) me he propuesto escudriñar, para, día a día, dar forma y contenido a un libro de historia cuyo título parece más de poesía: “Sin tregua en la memoria”.
En el mismo portón, por el que -según la tradición histórica- atravesó el general San Martín en 1820, los despido, premunido de la efusividad y la convicción –como se los dije al iniciar la visita- de que ser españoles o ser peruanos es solo una referencia geográfica, puesto que nuestra patria verdadera es la de ser hijos de una misma cultura y un mismo idioma. Una cultura y un idioma que creó al hidalgo más divertido y al coronel más desaforado de la imaginación humana.



LA CARA DE DIOS


Enfundada en un ceñido pantalón verde oscuro y un polo negro, no menos entallado, “la gallina de mi caldo” (como diría mi amigo Juan), transita por la avenida principal de Huacho. Con todo, la dicha de tocarla no me libra de la dicha perturbadora de verla.
Sin embargo, al final de aquel público trajinar, en una discreta salita, sentada a mi lado, a sus 44 esplendorosos años, generosa y amorosa, se somete a mis besos y caricias. Contra lo habitual, esta vez no apaga la luz. Estimulado por la claridad, beso con frenesí sus tersos y blancos senos.
Entonces también, gracias a la luz, mientras devoro con avidez a “las gemelas” (como las llamaba la loca María), entreveo, de reojo, en su cara el rostro del placer. El instante eterno en que, con los ojos cerrados y la boca semiabierta, pareciera contemplar la cara de Dios. Pero el encanto no dura tanto. Intimidada por ver su intimidad iluminada capitula nerviosa y presiona el interruptor.
“Lo mejor de vestirse es desvestirse”, decía el poeta César Calvo. A tientas, entre tinieblas, emprendo y acato aquel sagrado mandato. Primero el botón de su pantalón, y por último, el supremo bastión de la tentación sucumbe al ímpetu de mi exploración.
Pero antes, para hacer más cordial y menos violento el encuentro, por un costado de su pequeña truza, ingreso a estito para visitar a esito (para decirlo en el cifrado hablar que estilan las mujeres y los hombres de Ayacucho).
Conforme lo preveo, de inmediato, la visita deviene en una firme erección, y aquella providencial erección, en una victoriosa incursión. Tanto que, en una breve tregua, impaciente, con sus propias manos no duda en tomar estito para volver donde esito. Azorada, abrumada, admirada, tampoco duda en decir: “¿Tanto duras?”.
En el claroscuro de la noche, para el inexorable lance final le pido reclinarse. Rendida de gozo se da vuelta y se posterna, exponiendo ante mi deseo la mas hermosa y placentera de las redondeces que pueda imaginar en este redondo mundo.
“Se necesita mucha fantasía para abarcar la realidad”, escribió el sabio Goethe (que además de escritor genial, sabia tanto de minerales como de mujeres). Aquello fue la apoteosis, pues solo recordarlo desborda mi imaginación: ella gimiendo y anegándose al mismo tiempo, en tanto yo, con más ganas que nunca, a mis 51 años, embestía e inundaba jubiloso su vagina y sus entrañas.

lunes, 31 de diciembre de 2012

LA DESPEDIDA


(1911-1969)

Alfredo Torero Fernández  es el más eminente lingüista de la historia del Perú.  Y por eso mismo uno de sus intelectuales de mayor valía del siglo XX.  Además del quechua y el aymara se ocupó de idiomas extintos y aun de la historia del castellano; por eso su contribución a la comprensión de la historia social andina resulta  fundamental. Nació en Huacho en 1930 y murió en Valencia en el 2004. Para reforzar sus exploraciones lingüísticas se graduó de antropólogo, (como antes lo había hecho de abogado). Estudió en San Marcos y lingüística en la Sorbona, en París.

Su contribución a la lingüística en el Perú es equiparable a los magnos drroteros de J.C. Tello en la arqueología. Pues así como la arqueología determinó el nacimiento de la Civilización Andina en Caral, del mismo modo los estudios de Torero determinaron que el quechua surgió en la costa central. De manera que, por sorprendente coincidencia, el lugar donde surgió la lengua más influyente del pasado peruano lo fue  también del nacimiento de su más preclaro investigador.

Pero lo más sorprendente de todo es que José María Arguedas, la figura más notable de la cultura andina, dejara, literalmente, en manos del lingüista huachano sus últimas palabras. Pasados los años en un simposio internacional en México, Alfredo Torero evocó aquella  trágica despedida.      



“Después de un día de conversación ininterrumpida, desde las ocho de la mañana de ese 28 de noviembre de 1969, acababa de dejar a Arguedas en nuestro despacho común del departamento de Ciencias Humanas de la Universidad Agraria, hacia las cinco y media de la tarde. Los sobres que, al despedirnos, me había encomendado, pesaban enormemente en mis bolsillos, aunque no eran sino dos o tres –solo uno de ellos algo grueso, más todos de formato postal normal”.

(Cartas de despedida)
“Pero ¿qué podía hacer? ¿abrir los sobres y leerlas? José María sabía que no cometería una incorrección tal y, además, q ‘entendía’ su contenido. Todo estaba bien amarrado. Deshice el andar por la alameda y fui a tomar mi auto para partir a Lima. Sobre el parabrisas hallé una nota de Arguedas en que me rogaba lo buscara para un último encargo; ya en el despacho, me pidió por ‘un momento’ las cartas, sacó dos de sus sobres y escribió algo –tal vez ‘rectifico’ fechas- las puso en sobres nuevos que cerro después de añadir un billete en uno de ellos, y me las devolvió. Como me quedé en pié, quizá inquisitivo, vacilando para partir, me miró y me preguntó algo que seguramente habría estado meditando: ‘¿Crees Alfredo, qué entre los jóvenes estudiantes habrá un nuevo Mariátegui? ’, yo creía que sí y eso le dije; entonces exclamó: ‘Gracias’, se irguió y me dio un abrazo casi triunfal”.
“Conocía desde años atrás las obras de José María y lo admiraba como escritor –su novela Los ríos profundos fue conmigo a París, y con frecuencia volvía a leer sus páginas-; pero nuestra amistad personal se inició a mediados de 1965, siendo director del Instituto Nacional de Historia, y continuó en la Universidad Agraria, a la que ambos habíamos ingresado como profesores de la Facultad de Ciencias Sociales”.


("Los ríos profundos", manuscritos originales)

“Latauzaco es el nombre de un cerro situado en algún punto de las vertientes oceanopacificas del Perú central, en camino de la costeña ciudad de Lima al pueblo serrano de Huarochirí; allí se daban (¿se dan?) cita, de tiempo en tiempo, desde época inmemorial, los zorros mágicos que se menciona en uno de los textos en quechua de Huarochirí. De los zorros, el uno llega a la cita bajando de la sierra, y el otro, subiendo de la costa”.

“Creo que la fuerte compenetración que José María y yo alcanzamos  pudo darse porque  él era un ‘zorro de arriba’ que había sabido bajar al litoral, y yo ‘un zorro de abajo’ que había sabido subir al Ande”.

“Rumbo al  centro de Lima, en los más o menos sesenta minutos que se requería durante las horas de congestión vehicular para hacer el trayecto de La Molina a la librería ‘El Sótano’ -donde debería encontrar a los destinatarios de los sobres: a Sybila, secretaria, y Francisco Moncloa, el propietario- fui examinando la situación y recordando los temas principales de mi extensa charla con Arguedas. Se me hacía claro que, al dejar la última nota sobre el parabrisas del coche, la intención de José María había sido la de asegurarse que yo partiese, en cuanto lo hubiese verificado, apenas perdiese mi carro de vista, haría su tentativa de suicidio; ya lo habría hecho, entonces”.

(Arguedas y Sybila)
“Cuando llegué a la librería ‘El Sótano’, Sybila y Francisco Moncloa habían salido apresuradamente  no mucho antes, según me dijo la única empleada que había quedado atendiendo al público; desde una clínica, cuyo nombre ignoraba, habían llamado telefónicamente de emergencia avisando que Arguedas había sufrido un accidente. Quedé aguardando otro aviso que me orientara.  A los pocos minutos se presentó en la librería Juan Larco, un amigo y escritor que estaba residiendo desde hace diez años en Cuba y de cuya venida a Lima yo no estaba enterado. Después de saludarnos me dijo que tenía una cita con José María, acordada pocos días antes para ese mismo lugar y a esa misma hora. ‘Arguedas se ha matado y tengo conmigo sus cartas de despedida’ le dije a mi vez, indicando los motivos de mi convicción”.

“El escritor se había dado un balazo en la sien, y se hallaba internado en el Hospital del Empleado –descerebrado, clínicamente muerto, pero con el corazón latiendo. No lo pude ver, pero estuve varias veces junto a un pequeño cuarto donde lo habían instalado con un aparato amplificador de sonido; por cuatro días, hasta el dos de diciembre, se pudo escuchar el latido rítmico de su corazón. Habría tenido corazón para siglos”. 

http://albumdepalabras.blogspot.com/2013/11/jma-en-el-recuerdo.html



domingo, 23 de enero de 2011

HOMENAJE A JOSÉ MARÍA ARGUEDAS

El escritor en una calle de Yauyos


El domingo 1.12.2013, en el marco del VII Festival Internacional de Poesía Cielo Abierto, acompañado por el mágico y legendario violín de Máximo Damian hice lectura de este poema-ensayo en el frontis de la casa de verano en que José María Arguedas pasó más de veinte temporadas felices entre los años 1943 a 1963, junto a las hermanas Bustamante (Celia, su mujer, y Alicia, su cuñada) y un puñado de entrañables amigos en Puerto Supe.

(Entre el musicólogo  Leo Casas y el maestro Máximo Damian)

Fríamente, las estadísticas indican que el 85 por ciento de la población peruana es de origen quechua y mestizo, el 12 por ciento de origen europeo y el 3 por ciento de origen asiático y africano. Sin embargo, viendo la televisión (salvo por los noticieros) pareciera que el Perú fuera un país conformado mayoritariamente por gente blanca.

Tampoco es verdad que todos hablen castellano, pues un 20 por ciento de la población, principalmente del campo, habla quechua, aymara y otras lenguas aborígenes. En cierta medida somos un país bilingüe.

De aquí provienen las grandezas y al mismo tiempo las miserias del Perú. Cuando de un lado se insiste en magnificar lo que no somos, y en negar, por otro lado, lo innegable.

Quizás las ciudades son el mayor invento de las civilizaciones, pero no podemos vivir condenados a ella, celebrando sus cómodos prodigios, de espaldas a la diversidad geográfica e histórica de la realidad que la circunda y la precede.

Conocer los pueblos del Perú es reconocernos, valorarlos es valorarnos; compartir un lugar en la memoria, en el tiempo y en el espacio. El camino al desarrollo comienza por allí, por afirmar lo que esencialmente somos, para emprender juntos el desafío que la técnica y la producción imponen.

Los prósperos ciudadanos chinos del siglo XXI, a pesar de la desmesura demográfica que multiplica sus retos, no han necesitado dejar de ser chinos para desarrollarse. Los peruanos no necesitamos dejar de ser un pueblo indígena y mestizo para lograr los mismos objetivos.

Pues el nuestro, es el país de todas las sangres, en donde, todos, sin excepción, debemos sentirnos orgullosos de la sangre que llevamos en las venas y de la historia que puebla nuestra memoria.






EPÍSTOLA ARGENTINA I:

Mi estimado César:

Me gustó y mucho el contenido del Homenaje a Arguedas. No tiene firma ¿Quién es su autor?
Describe muy bien el contenido racial del Perú. Una vez quise hacer algo similar y no pude.
Seguramente voy a poder aprovecharlo, pero necesito citar al autor en las referencias.

De Arguedas tengo su famoso “Yawar Fiesta”, también “Los Ríos Profundos” que me entusiasmó mucho más. No tanto “El Sexto” porque se aleja del escenario andino que conozco bien. Será por eso que soy fanático de Manuel Scorza. Tengo sus cinco libros sobre lo que él llama “la guerra callada”. En cambio Ciro Alegría no me entusiasma porque me parece de un estilo “muy académico” por llamarlo de alguna forma.

Voy a intentar lograr una comunicación mas frecuente con Ud. tenemos muchos temas en común. Voy a pedirle que busque en su tiempo el necesario para que así sea.

Cordiales saludos

Mario Tamagno


ESPÍSTOLA ARGENTINA II:

Amigo mío:

¡Felicitadciones por ello! Es realmente muy buena. ¿Porqué no la firmó? La modestia es una virtud, pero no hay que exagerarla.

Por favor. No se olvide de mis encargos.

Reitero mis cordiales saludos

Mario Tamagno

lunes, 8 de junio de 2009

BANDURRIA


Lo más sorprendente que pudo sucederle al distrito y a la provincia de Huaura no es solo que el general San Martín decidiera iniciar allí el Gobierno Independiente que dió origen a la República sino también que sus médanos litorales guardaran -al igual que en el caso de Aspero en Puerto Supe y Caral en Supe Pueblo- los restos más remotos que dieron origen al surgimiento de la Civilización Andina. De modo que, sin alarde, se trata de un escenario histórico y cultural, que duda cabe, de primer orden y asimismo fundacional por partida doble. En consecuencia, el desafío por conocer y por valorar ese legado también lo es. En ese sentido, a los huaurinos y huachanos del presente solo les cabe honrar ese pasado acatando aquel sabio consejo del viejo Goethe (el alemán más universal de todos los tiempos) que desde las páginas de El Fausto nos previene y advierte: “Merece lo que heredas”.
Cierto, se repite siempre, que no se quiere lo que no se
conoce. Precisamente para allanar los ignotos confines que ocultan el tiempo y la arena, Alejandro Chu, es autor de un libro cuyo titulo no pude ser más explicito: “Bandurria. Arena, mar y humedal en el surgimiento de la Civilización Andina”. Nadie para hacerlo más indicado que él: Chu es desde el 2005 jefe del equipo de investigación encargado de develar los vestigios milenarios de lo que por mucho tiempo era solo un espacio desierto conocido como la Pampa de las Bandurrias (por la abundancia de aquellas aves que ahora solo perduran en el recuerdo).
Sin embargo, aquel espacio desierto cobijaba un tesoro. Evidencias que revelaron su intrigante presencia desde 1973, precisamente no como resultado de trabajos de prospección o de simples asaltos al pasado sino como resultado del paso inexorable de las aguas residuales de la irrigación Santa Rosa a través del arenal. De manera que a Bandurria no lo descubrió ningún arqueólogo o huaquero sino las aguas que dieron vida al fértil a la Pampa de los Huancayos del distrito de Sayán (por el que cruzó el Ejercito Libertador en 1820 camino a la hacienda Retes). Por ese motivo los primeros en advertir la presencia de los vestigios del pasado fueron los propios campesinos que poblaban los alrededores y los alumnos de la universidad de Huacho que fueron al rescate liderados por el ex alcalde Domingo Torero Arrieta, su hijo Domingo Torero Fernández y el arquitecto Jorge Chaparro.
Entonces, prevenidos de lo que podían contener los médanos, acordaron estar presentes cuando el 6 de abril de 1973, a medía mañana, cuando las caprichosas aguas del drenaje cruzaran bajo la autopista e irrumpieran entre los médanos. Fue así que apenas se abrieron paso, entre los tajos que fueron conformando en su curso hacia el mar, el patriarca de los Torero vio sobrecogido flotar sobre las aguas algunos cestos de junco. Así comenzó la historia de un desesperado rescate y de gestiones inmediatas conducentes a su reconocimiento como área patrimonial y conservación que permita comparecer ante el comienzo del comienzo de nuestra historia.
Pero las aguas no solo causaron destrucción sino devolvieron al litoral una apariencia exuberante. Acaso similar al de las condiciones más que hicieron posible la ocupación y el poblamiento de Bandurria hace cinco milenios. Surgió así, entonces, además de dos hermosas lagunas, un humedal que sirve de refugio para 125 especies de aves, rodeado por un entorno verde compuesto de grama, junco y totora. Un verdadero Paraíso. Y todo eso es Bandurria y El Paraíso. Un área arqueológica de elevaciones superpuestas y plazas circulares y un área ecológica de mar y humedal que conforma un espacio de singular antigüedad y belleza que se ubica a 9 km. al sur de la ciudad de Huacho. Un espacio en el que la vida fue posible, antes de la invención de la cerámica, por más de mil años. Un espacio silencioso y vasto que durante más de cincuenta años en el siglo pasado, entre 1911 y 1962, fue la ruta del tren que comunicaba Huacho con Ancón. 
No obstante, los viajeros de la vía ferrea no alcanzaron a contemplar lo que ahora, además de la belleza del mar, a cualquier viajero, luego de recorrer una breve trocha de 1.5 kilometros a la altura del kilómetro 141de la Panamericana Norte aguarda: la conmovedora quietud de mustias y hermosas paredes en canto rodado que erigieron y habitaron los primeros vecinos de la historia de América.