lunes, 12 de noviembre de 2018

VÍCTOR REYES BALLARDO


El 3.11.2018, en la reunión familiar denominada "El llamado de la sangre", al rendir tributo a su padre, a nombre de sus descendientes, (no sin antes decir: "Yo también escribo"), mi tía Marissa, dió lectura a este emotivo y nostálgico texto redactado en forma de carta.



Querido papá:

En estas palabras quiero expresarte todo mi amor y gratitud.

Los años y la vida nos dejan un sinsabor de..."pude haber hecho algo más por tí".
Pues nada es suficiente para alguien que lo dio todo por amor.

No puedo comenzar sino dándole gracias al Señor por su inmensa bondad, al habernos regalado un papá como tú.

Fueron pocos los 10 años, en que casi a diario, tuve la cercanía de tu presencia; los suficientes para impregnarle a mi vida rasgos importantes de tu personalidad.

-Como no recordarte buscando siempre hacer lo mejor, casi la perfección, en cualquier tarea, desde la más simple: en los quehaceres de la casa, en el campo, con los operarios, la ganadería, con tus amigos, en tus diversiones y en la manera tan particular de tu presentación personal: en tu postura y elegancia. Debía ser también el sello de su hija, y a través de ella, trascender a los suyos y a los demás. Es un reto que debo alcanzar.

-Jóven aun recorriste otros confines, no solo Cajatambo y sus alrededores. Me decías, eso abre la mente y puedes tener otras expectativas. Tu mayor frustración era no haber ingresado a la universidad como era tu anhelo y ser un profesional. Hoy, no solo yo lo reconozco, también quienes te conocieron, a carta cabal tuviste muchas profesiones...arquitecto, ingeniero civil, agrónomo, administrador, chef, diseñador de moda y alta costura.

-Papá, al recordarte traes a tu memoria varias de tus innovaciones.

Capitanía y tarde taurina: Con data no registrada se hacían las corridas de toros, teniendo como responsable a un comisario, de cada una de las cinco comunidades que alternativamente asumían ese compromiso. Entonces, cada comisario ingresaba a la plaza acompañados por dos varones. Para ti, le faltaba algo, le faltaba sabor; tuviste que soñar y diseñar con Felipa, la señora costurera (quien luego sería tu suegra). Y terminaste dándole el toque español: con manolas de mantillas, peinetas y mantones de Manila, a caballo, también con cordobeses y gitanos.
Que manolas para lindas, Delia tu cuñada, tu hermana Magda y la tía Agustina las primeras  damas de la historia de Cajatambo. Igualmente, la primera cordobesa mi madre con el atuendo típico desde el sombrero, que se conservaba en el depósito y con el que jugábamos. Con el paso del tiempo nos traerían recuerdos imperecederos que rasgan el corazón. 
Contabas  con el apoyo y temperamento festivo de tu madre, la abuela Elisa.
Los primeros Capitanes, tú y mi tío David, con fiestas de una semana, que terminaban con el huma jiray; una costumbre que era un pretexto para justificar un día más de celebraciones.

Fundo Andahuaylas-Huatanay: Con chacras no todas heredadas, también adquiridas con mucho sacrificio.
Con poca agua debías mejorar la irrigación con la construcción de un estanque. Y lo hiciste, para su época obra monumental. Almacenaba agua suficiente para los potreros de Santa Rosa, Santa Felipa, Santa Elisa, San José del Carmen, San Víctor, San Teófilo, y el parque María Magdalena. Tendría luego un establo con comedero, forrajes nuevos como la festuka y el raigrás.

Casa Tacna 112: No había nacido Chin y nos mudamos a la nueva casa. Papito, hoy te admiro mucho más: la diseñaste, la construiste y la decoraste. En Cajatambo, el primer chalet de dos pisos, con dos ingresos,  jardín exterior e interior, con agua, desagüe y servicios higiénicos. Asimismo, con cocina, depósito, comedor de diario y comedor principal, sala, dormitorio de huéspedes, hall, cuarto de costura, escritorio y dormitorios.

Tarde de invierno: Recuerdos y más recuerdos...después del almuerzo me veo en tus brazos, aprendiendo con suma delicadeza a bailar el vals. Las lecturas de "Naricita", "Tradiciones peruanas", "El viejo y el mar", "El mundo es ancho y ajeno"  (y a escondidas, "La ciudad y los perros" y  "La casa verde").

Brown swis y Holstein: Por primera vez razas nuevas de ganado vacuno. Pude ver la ansiosa espera de mamá. Te tomó casi un mes llevarlos a Cajatambo, deteniéndote para aclimatarlos a las diferentes altitudes. Los subiste del fundo de los Uranga casi al nivel del mar. Guardo memoria de Papushco y Huascarán, los reproductores. Amapola, Violetera, Fetiche, con los que empezaste la mejora del ganado vacuno. 

Casi sin adarme cuenta los minutos pasan cuando converso contigo.
Me dieron un tiempo, pero creo que lo sobrepasé ya.
Antes de despedirme quiero compartir algunas menciones.
-Pumarinri y Yanapampa, con las ovejas merinos y las vacas sin cria.
-Fuiste presidente del Comité pro carretera Pamplona-Cajatambo 
-Siendo alcalde te veo dedicado al arreglo de las calles
-Santa Elisa de Altuscancha, tu denuncio minero
-El proyecto de irrigación Lamas
-Tu labor en la defensa ribereña del Río Santa, después del alud de Ranrairca en Huaraz. 

Sé que sonries, me besas y me dices:
"Maye, tienes algo de mí"

Te amo papá


martes, 6 de noviembre de 2018

UN HOMBRE, UN NOMBRE, UNA HISTORIA




                                                                                                                                  A Melissa NC

En Puerto Supe (el poblado pesquero del cual fueron vecinos ilustres Blanca Varela, José María Arguedas y Luis Banchero Rossi) existe una callecita, de apenas tres cuadras, que resulta inolvidable para cualquier cajatambina o cajatambino que pasa por allí: se llama Cajatambo.
Pero es en Barranca, ciudad próxima al río Pativilca, donde existe una calle (y, por si fuera poco, hasta un hospital) con el nombre del único cajatambino que ha merecido tan perdurable honor: Pedro Reyes Barboza.



Eh aquí su historia:

https://evocacionesysemblanzas.blogspot.com/2015/05/pedro-reyes-barboza-autor-de-cajatambina.html




miércoles, 31 de octubre de 2018

DISCURSO



Querida familia:

Al fin, allanando vastas distancias y aun años de ausencia, emocionados, concurrimos a este esperado acto de confraternidad familiar.
Espoleados por los íntimos apegos de la sangre y por la historia a la que nos debemos comparecemos aquí, bajo la clara luz de esta mañana, jubilosos.
Demás está decir que habida cuenta que ha nadie le es dado elegir la familia a la que pertenece ni el pueblo en que nace, nos encontramos aquí para honrar y conmemorar aquel designio consanguínio y raigal que nos une y nos unirá para siempre.
Por que nos apellidamos Reyes y por que somos y seremos parte de la historia de Cajatambo, y por que hoy y mañana, con orgullo y gratitud, seremos siempre los Reyes de Cajatambo; por eso, categórica y meridianamente nos encontramos aquí.

En consecuencia, nada resulta mas justo y oportuno que este momento para rendir público testimonio de agradecimiento a los fervorosos y abnegados artífices de esta entrañable circunstancia.
Al respecto debo precisar que la idea surgió en una reunión de primos. Fue Freddy Reyes, al ser agasajado antes de emprender retorno, quién lanzó la propuesta y quien también días después llamo de California a Cajatambo para pedirme hacer la convocatoria. De igual manera, los hermanos María, Teófilo y Víctor Reyes Mugruza apenas enterados de comienzo hicieron suyo, con tesón indesmayable, este loable y generoso empeño. Pero fue, al fin y al cabo, en el hogar de los esposos Ethel Quinteros y Aquiles Reyes donde este anhelado -casi desmesurado-  propósito hallo su definitivo y decisivo centro de operaciones; pues con certeza, sin los suculentos locros de la tía Ethel ni la labor organizativa desplegada por sus hijas Charito y Pilar hoy no asistiríamos a la dichosa gratitud que hoy nos embarga y nos congrega.
Para todos ellos, de parte de todos los presentes, gracias. Infinitas gracias.

Somos una familia, pero ante todo somos una historia. Una historia que comienza en el siglo XIX con el nacimiento de un niño en Cajatambo al que sus abuelos llamaron José del Carmen.
Hijo de Jacoba y un rebelde forastero independentista venido del Cuzco, nieto de Petronila Gutiérrez y Mariano Reyes, José del Carmen es el hombre cuya existencia prolongamos y cuyo legado constituye al mismo tiempo la historia de una familia y  de igual manera la historia de un pueblo. 

Coronel de la guardia nacional designado por Manuel Pardo (primer presidente civil del Perú), diputado durante el periodo legislativo 1870-1872 (coincidente con los convulsos sucesos que concluyeron con el asesinato del presidente José Balta), subprefecto tanto en la guerra como en la paz; pero ante todo, patriota tenaz y amigo leal del general Andrés Avelino Cáceres, el indomable guerrero de los Andes, José de Carmen Reyes Gutiérrez simboliza la presencia patriótica del pueblo cajatambino en los días sombríos de la guerra con Chile.
Precisamente en los días más difíciles del conflicto, cuando el ejército que comanda el Tayta Cáceres emprende sacrificado desplazamiento que lo conduce de Tarma hacía Huaraz, a fines de mayo de 1883, a su paso por Cajatambo el subprefecto José del Carmen Reyes organiza el respaldo que brinda asistencia y apoyo decidido a aquel contingente de campesinos convertidos en soldados que a pesar de la derrota renace como el Ave Fénix. 
Testimonio histórico y geográfico palmario y evidente de aquella marcha épica es la existencia en los confines de la antigua hacienda Pumarinri (que perteneciera a José del Carmen y a sus descendientes por mas de una centuria), de un paraje, próximo a la cordillera Huayhuash, llamado Cuartelpampa. Les aseguro que resulta imposible caminar por aquel paraje sin sentir el peso de la historia, sin escuchar el atropellado llamado de la sangre que nos recuerda que por allí anduvieron nuestros abuelos y que a través de nuestros pasos siguen presentes.
En circunstancias que campea el desaliento y el desconcierto, cuando se impone el pragmático criterio de resignarse y mantener prudente cautela, José del Carmen no es sensato ni prudente, no paga cupos ni negocia beneficios con el invasor, por el contrario se adhiere resuelto a la lucha del Brujo de los Andes. Incluso cuando llegan noticias de la ingrata capitulación de Ancón, no se amilana ni se resigna, muy por el contrario, reúne al  pueblo en la plaza y junto con otros patriotas (que honran la memoria de los cajatambinos) firman un documento de absoluto rechazo a lo que consideran una traición a la patria.
Y es por eso, por que las causas justas no sucumben ni se olvidan y por que aun en la derrota jamás aceptó sentirse vencido, José del Carmen es un hombre que no solo representa la gloria del pasado sino también la gloria del porvenir. Por eso, por que -en palabras del  general Cáceres- del sacrificio de ayer habría de surgir la gloria del mañana. Por eso, a pesar del tiempo y sobre él, José del Carmen esta mañana está aquí presente, en nuestro recuerdo y homenaje.


Al morir su mejor amigo el general San Martín escribió este singular epitafio sobre su tumba: "No busques a los vivos entre los muertos".
Este día memorable al contemplar tantos rostros que tienen como punto de partida el matrimonio de María Magdalena Quinteros y José del Carmen Reyes, me pregunto si en sus miradas y en sus presencias no están aquí ellos antes que en la tumba de Mani donde yacen sus restos.
Mujeres y hombres, justos y generosos, nos preceden; por eso -no lo olvidemos- estamos aquí, para honrar su pasado y celebrar su presente y decirle gracias a la vida.

Finalmente quiero rendir tributo deferente a aquellas mujeres y aquellos hombres que la vida convirtió en padres de los descendientes de Maria Magdalena Quinteros y José del Carmen Reyes. Mujeres y hombres que alimentaron nuestra memoria y dieron vida a su historia con sus propias vidas. Al hacer esta mención  visita primero mi memoria el recuerdo de la profesora Rosa Gonzales, esposa de quien fuera Víctor Reyes Ballardo (aquel atildado gentelman andino que a partir de 1937 dotó a Cajatambo de la más hermosa coreografía taurina de nuestra patria); pues a nadie como ella, por la convicción y por el rigor de sus palabras, para atesorar  y trasmitir la historia del abuelo de su amado Che Víctor. Igualmente, en este instante jubilar, vuelvo a escuchar el testimonio de Teodomiro Cuellar, evocando, una y otra vez, el día en que su primo Perico (primo en realidad de su esposa), Pedro Reyes Barboza compuso las letras de "Cajatambina flor de mi vida", la canción más querida y representativa de la historia de Cajatambo. No menos gratitud que estas comparecencias pretéritas me motiva también ver aquí a la más amable y cordial anfitriona de la familia Reyes en Huacho. Esposa de quien fuera Luis Reyes Loarte y orgullosa madre  de cuatro hermanos Reyes Ugarte, la tía Pocha está aquí y su concurrencia, al igual que la presencia unánime  de todos los aquí presentes, hace más hermosa todavía la historia de este esperado y memorable día.
La insobornable y entrañable historia de una familia que decidió reunirse un día para compartir su historia.

Gracias, infinitas gracias por el regalo de sus presencias. 
  

jueves, 20 de septiembre de 2018

ABELARDO OQUENDO




La muerte del delfín, así tituló Mario Vargas Llosa el artículo que dedicó a quien fue uno de sus más entrañables amigos de juventud: el periodista y profesor universitario Abelardo Qquendo


Vaya año terrible: primero fue Fernando de Szyszlo, luego Luis Loayza, ahora Abelardo Oquendo. Me dicen que, desde que se le declaró el cáncer, se negó a ser operado y tratado y que esperó la muerte con gran coraje y dignidad. Traté de hablar con él varias veces y nunca lo conseguí. Me voy quedando sin los amigos que dieron vida y ánimos y buenas lecturas y enseñanzas a mi juventud.
Con Abelardo y Lucho Loayza formamos un trío irrompible. Nos veíamos a diario, para tomar un rápido cafecito en el Bransa de La Colmena y para saber que estábamos vivos y nos necesitábamos, y para discutir sobre si Sartre o Borges era el gran maestro. Yo sostenía que el primero, Lucho, que el segundo, y Abelardo mantenía una cierta neutralidad. Su maestro, Luis Jaime Cisneros, lo había tenido un año fichando las Tradiciones Peruanas para una tesis doctoral que iba a llamarse Los paremios en Ricardo Palma, algo que lo había disgustado de la filología y, casi casi, de la literatura (no era para menos). Pero ésta se hallaba tan arraigada ya en él que, aunque nunca llegó a escribir los libros que creíamos, siempre la practicó, de esa manera discreta que convenía a su personalidad, en forma de notitas, reseñas, columnas anónimas, consejos verbales y cartas que algún día, espero, alguien recopilará: será entonces leído y reverenciado como el maestro secreto que fue.Conocí a Abelardo en el año 1956. Acababa de casarme por primera vez y andaba buscando trabajitos que me permitieran sobrevivir, sin renunciar a la Universidad. Conseguí siete, y el séptimo gracias a él, que trabajaba entonces en el Suplemento Cultural de El Comercio, que salía los domingos: me encargó una entrevista semanal a todos los escritores peruanos sobre sus métodos de trabajo, sus ideas literarias y sus proyectos. Todos pasaron por aquel tamiz, desde el venerable López Albújar hasta José María Arguedas, que me hizo rehacer una y otra vez el texto hasta el instante mismo de mandarlo al linotipista.
Por eso queríamos partir. Vallejo sin París no hubiera sido Vallejo, y hubiera terminado tal vez como Martín Adán, al que, cuando salía del manicomio a tomarse unos traguitos, íbamos a espiar religiosamente al Bar Cordano. Hacíamos sesiones de espiritismo, jugábamos a quién se reía primero (yo solía ganarles imitando al pato, raneando y chillando: “¡Soy el pájaro-mitra!, ¡cua cua!”), pero, sobre todo, planeábamos el viaje a Europa, con gran detalle. Iríamos allá y nos reuniríamos en ese dodecasílabo: ¡Montecarlo, Principado de Mónaco! Se convirtió en un estribillo al que acudíamos para levantarnos el ánimo y combatir la desmoralización limeña, esos días sin cielo, grises y con garúa. Pero sólo Lucho y yo partimos, porque Pupi, la mujer de Abelardo, quedó embarazada por segunda vez y con dos hijos la aventura europea resultaba ya muy arriesgada.Apenas recuerdo por qué Lucho y yo lo llamábamos el Delfín. Tal vez porque nos deslumbraba cuando explicaba la poesía de los clásicos, por ejemplo los más intrincados poemas de Góngora, y sabía distinguir con gusto infalible la originalidad de la impostura, detectar el talento genuino entre los mares de textos que ya entonces le llevaban los poetas jóvenes en busca de orientación. Estábamos seguros de que más pronto que tarde escribiría esos ensayos que, como los de Alfonso Reyes o Pedro Henríquez Ureña que leíamos con pasión, serían bellos, sabios e inconfundibles. Pero nunca los escribió y ese es un gran misterio que ya no tengo manera de resolver. Recuerdo que en uno de mis viajes a Lima me dijo que tenía un proyecto en marcha: escribir unos ensayos sobre una serie de poetas peruanos. Pero sólo escribió el primero, uno magnífico, consagrado a Javier Sologuren. ¿Qué lo desanimó? Tal vez el deseo de la absoluta perfección inalcanzable, tal vez esa sensación de para qué, de es por gusto, no tiene sentido en un medio tan poco estimulante como el de Lima extenuarse tratando de escribir obras maestras. ¿Cuántas promesas se quedaron en embrión en la historia del Perú, de América Latina, por ese derrotismo psicológico que la pobreza intelectual y literaria del medio expande en torno, paralizando a los mejores.
La correspondencia suplió la presencia, por muchos años. Sin las cartas de Lucho y de Abelardo, esas cartas estimulantes, alentadoras, queridísimas, probablemente yo no hubiera terminado nunca mi primera novela, La ciudad y los perros, que escribía y reescribía sin cesar, mientras hacía el doctorado en la Complutense de Madrid, y luego, en París, mientras traducía artículos para la UNESCO y la France Presse, preparaba programas para la Radio-Televisión Francesa y ponía voz en español a Les Actualités Françaises. Cuando vivía en Lima sólo soñaba con París, pero, en París, me hacían falta Lima y el Perú, y Abelardo atenuaba esa nostalgia con sus cartas semanales. Con el tiempo, aquellos intercambios fueron disminuyendo, alargándose, hasta desaparecer. Pero, cada vez que yo regresaba al Perú nos veíamos, almorzábamos un arroz con pato, recordábamos los viejos tiempos y actualizábamos los chismes, siempre secundados por otro escribidor, Alonso Cueto. Era grato sentir que la amistad estaba allí, intacta.
Cuando Alonso Cueto me iba informando de la entereza con que Abelardo sobrellevaba esa última etapa me lo imaginaba muy bien. Todos los que lo conocimos supimos siempre que nunca incurriría en la vulgaridad de quejarse, protestar, lamentarse de su suerte. Había en él un respeto de las formas y las maneras que lo alejaban de la época, que prolongaban en él a aquellos caballeros dignos y decentes, correctos y formales, que ya sólo existen en la literatura, esos que aceptan la muerte con naturalidad y sin vulgares aspavientos. Así agonizó y murió Cartucho Miró Quesada, otro de los grandes amigos que he tenido, ejemplo de caballerosidad y limpieza moral hasta el último instante. Saber morir no es menos importante que saber vivir. Me acuerdo de una terrible película que vi en mi juventud, una en la que un cura convence al gánster James Cagney de que, para dar un ejemplo de cobardía e indecencia a los jóvenes, simule acobardarse antes de ser electrocutado, y llore y se retuerza y ruegue, en vez de morir en su ley, valientemente. Me pareció atroz que James Cagney consintiera a esa farsa, que se desnaturalizara de este modo en el último instante, en vez de morir en su ley, con el desprecio con el que había desafiado la muerte a lo largo de toda su vida. Anoche, cuando hablé con ella por última vez, Claudia, su hija, me confirmó lo que ya sabía: que Abelardo había muerto muy sereno, conversando sin drama, antes de ser sedado.Fue Loayza, una tarde, en su casa de París, quien me dijo que Abelardo tenía cáncer. La idea de morir yo mismo nunca me ha espantado; pero, en cambio, la de la muerte de las personas próximas, queridas, siempre me estremece, desde que murieron mis abuelos, el tío Lucho, las personas que me ayudaron a ser lo que tanto quería: un escritor. Lo llamé por teléfono y, por supuesto, hizo unas bromas al respecto, unas bromas muy serias, distanciadoras del drama, quitándole importancia, como correspondía a esa elegancia y distinción que Abelardo practicó en todas las circunstancias de la vida.

Adiós, amigo..


lunes, 4 de junio de 2018

EYVI



Ningún fuego
podrá apagar el fulgor
de tu sonrisa

Te fuiste para quedarte 

miércoles, 6 de diciembre de 2017

SOBRE VIVIR



"Una persona con hábitos intelectuales o artísticos, una persona que disfruta la música, una persona que disfruta leer nunca está sola. Ella tendrá siempre una compañía: la compañía inmensa de todos los artistas, de todos los escritores que ama, a lo largo de los siglos".

viernes, 27 de octubre de 2017

PRIMERA BANDERA




Un  21.10.1820 el general José de San Martín oficializó la bandera patria.
Su diseño fue modificado, pero sus colores (que en 2017 colmó estadios deportivos y plazas públicas) se mantienen inalterables; fundidos en la memoria y en la sangre de mujeres y hombres nacidos en el Perú.
En mi caso personal, el mayor desasosiego que experimenté en mis días de proveedor de argumentos (dícese asesor) en el parlamento nacional fue la de ser un burócrata y no un investigador.
Sin embargo, cuando regresé a Huacho la historia cambió.
Durante días, semanas y meses me sumergí en la Colección Documental de la Independencia del Perú existente en el Museo de Huaura.


Así descubrí que hubo un día en que un destacamento venido de Cajatambo fue recibido por el mismo Libertador.
Pero asimismo el Museo de Huaura se convirtió en mi cátedra libre. Todo comenzó cuando un sacerdote español junto a una veintena de jóvenes venidos de Sevilla me pidió que los condujera a través del principal museo del Perú dedicado a la Independencia.
Fruto (aun parcial) de mis pesquisas es el libro que publicaré con ocasión del Bicentenario de la Proclama de Huaura (cuyo adelanto adjunto: https://larutadellibertador.blogspot.pe/)
Por lo expuesto, me sentiría indigno de mi pueblo y de mi patria si no acato el grato deber cívico de reanudar hasta su culminación la historia de como nació la República desde Huaura.
Un abrazo a todos los que leyeron el texto  (y a los que no...también).
¡Viva el Perú!