jueves, 20 de septiembre de 2018

ABELARDO OQUENDO




La muerte del delfín, así tituló Mario Vargas Llosa el artículo que dedicó a quien fue uno de sus más entrañables amigos de juventud: el periodista y profesor universitario Abelardo Qquendo.

Vaya año terrible: primero fue Fernando de Szyszlo, luego Luis Loayza, ahora Abelardo Oquendo. Me dicen que, desde que se le declaró el cáncer, se negó a ser operado y tratado y que esperó la muerte con gran coraje y dignidad. Traté de hablar con él varias veces y nunca lo conseguí. Me voy quedando sin los amigos que dieron vida y ánimos y buenas lecturas y enseñanzas a mi juventud.
Con Abelardo y Lucho Loayza formamos un trío irrompible. Nos veíamos a diario, para tomar un rápido cafecito en el Bransa de La Colmena y para saber que estábamos vivos y nos necesitábamos, y para discutir sobre si Sartre o Borges era el gran maestro. Yo sostenía que el primero, Lucho, que el segundo, y Abelardo mantenía una cierta neutralidad. Su maestro, Luis Jaime Cisneros, lo había tenido un año fichando las Tradiciones Peruanas para una tesis doctoral que iba a llamarse Los paremios en Ricardo Palma, algo que lo había disgustado de la filología y, casi casi, de la literatura (no era para menos). Pero ésta se hallaba tan arraigada ya en él que, aunque nunca llegó a escribir los libros que creíamos, siempre la practicó, de esa manera discreta que convenía a su personalidad, en forma de notitas, reseñas, columnas anónimas, consejos verbales y cartas que algún día, espero, alguien recopilará: será entonces leído y reverenciado como el maestro secreto que fue.Conocí a Abelardo en el año 1956. Acababa de casarme por primera vez y andaba buscando trabajitos que me permitieran sobrevivir, sin renunciar a la Universidad. Conseguí siete, y el séptimo gracias a él, que trabajaba entonces en el Suplemento Cultural de El Comercio, que salía los domingos: me encargó una entrevista semanal a todos los escritores peruanos sobre sus métodos de trabajo, sus ideas literarias y sus proyectos. Todos pasaron por aquel tamiz, desde el venerable López Albújar hasta José María Arguedas, que me hizo rehacer una y otra vez el texto hasta el instante mismo de mandarlo al linotipista.
Por eso queríamos partir. Vallejo sin París no hubiera sido Vallejo, y hubiera terminado tal vez como Martín Adán, al que, cuando salía del manicomio a tomarse unos traguitos, íbamos a espiar religiosamente al Bar Cordano. Hacíamos sesiones de espiritismo, jugábamos a quién se reía primero (yo solía ganarles imitando al pato, raneando y chillando: “¡Soy el pájaro-mitra!, ¡cua cua!”), pero, sobre todo, planeábamos el viaje a Europa, con gran detalle. Iríamos allá y nos reuniríamos en ese dodecasílabo: ¡Montecarlo, Principado de Mónaco! Se convirtió en un estribillo al que acudíamos para levantarnos el ánimo y combatir la desmoralización limeña, esos días sin cielo, grises y con garúa. Pero sólo Lucho y yo partimos, porque Pupi, la mujer de Abelardo, quedó embarazada por segunda vez y con dos hijos la aventura europea resultaba ya muy arriesgada.Apenas recuerdo por qué Lucho y yo lo llamábamos el Delfín. Tal vez porque nos deslumbraba cuando explicaba la poesía de los clásicos, por ejemplo los más intrincados poemas de Góngora, y sabía distinguir con gusto infalible la originalidad de la impostura, detectar el talento genuino entre los mares de textos que ya entonces le llevaban los poetas jóvenes en busca de orientación. Estábamos seguros de que más pronto que tarde escribiría esos ensayos que, como los de Alfonso Reyes o Pedro Henríquez Ureña que leíamos con pasión, serían bellos, sabios e inconfundibles. Pero nunca los escribió y ese es un gran misterio que ya no tengo manera de resolver. Recuerdo que en uno de mis viajes a Lima me dijo que tenía un proyecto en marcha: escribir unos ensayos sobre una serie de poetas peruanos. Pero sólo escribió el primero, uno magnífico, consagrado a Javier Sologuren. ¿Qué lo desanimó? Tal vez el deseo de la absoluta perfección inalcanzable, tal vez esa sensación de para qué, de es por gusto, no tiene sentido en un medio tan poco estimulante como el de Lima extenuarse tratando de escribir obras maestras. ¿Cuántas promesas se quedaron en embrión en la historia del Perú, de América Latina, por ese derrotismo psicológico que la pobreza intelectual y literaria del medio expande en torno, paralizando a los mejores.
La correspondencia suplió la presencia, por muchos años. Sin las cartas de Lucho y de Abelardo, esas cartas estimulantes, alentadoras, queridísimas, probablemente yo no hubiera terminado nunca mi primera novela, La ciudad y los perros, que escribía y reescribía sin cesar, mientras hacía el doctorado en la Complutense de Madrid, y luego, en París, mientras traducía artículos para la UNESCO y la France Presse, preparaba programas para la Radio-Televisión Francesa y ponía voz en español a Les Actualités Françaises. Cuando vivía en Lima sólo soñaba con París, pero, en París, me hacían falta Lima y el Perú, y Abelardo atenuaba esa nostalgia con sus cartas semanales. Con el tiempo, aquellos intercambios fueron disminuyendo, alargándose, hasta desaparecer. Pero, cada vez que yo regresaba al Perú nos veíamos, almorzábamos un arroz con pato, recordábamos los viejos tiempos y actualizábamos los chismes, siempre secundados por otro escribidor, Alonso Cueto. Era grato sentir que la amistad estaba allí, intacta.
Cuando Alonso Cueto me iba informando de la entereza con que Abelardo sobrellevaba esa última etapa me lo imaginaba muy bien. Todos los que lo conocimos supimos siempre que nunca incurriría en la vulgaridad de quejarse, protestar, lamentarse de su suerte. Había en él un respeto de las formas y las maneras que lo alejaban de la época, que prolongaban en él a aquellos caballeros dignos y decentes, correctos y formales, que ya sólo existen en la literatura, esos que aceptan la muerte con naturalidad y sin vulgares aspavientos. Así agonizó y murió Cartucho Miró Quesada, otro de los grandes amigos que he tenido, ejemplo de caballerosidad y limpieza moral hasta el último instante. Saber morir no es menos importante que saber vivir. Me acuerdo de una terrible película que vi en mi juventud, una en la que un cura convence al gánster James Cagney de que, para dar un ejemplo de cobardía e indecencia a los jóvenes, simule acobardarse antes de ser electrocutado, y llore y se retuerza y ruegue, en vez de morir en su ley, valientemente. Me pareció atroz que James Cagney consintiera a esa farsa, que se desnaturalizara de este modo en el último instante, en vez de morir en su ley, con el desprecio con el que había desafiado la muerte a lo largo de toda su vida. Anoche, cuando hablé con ella por última vez, Claudia, su hija, me confirmó lo que ya sabía: que Abelardo había muerto muy sereno, conversando sin drama, antes de ser sedado.Fue Loayza, una tarde, en su casa de París, quien me dijo que Abelardo tenía cáncer. La idea de morir yo mismo nunca me ha espantado; pero, en cambio, la de la muerte de las personas próximas, queridas, siempre me estremece, desde que murieron mis abuelos, el tío Lucho, las personas que me ayudaron a ser lo que tanto quería: un escritor. Lo llamé por teléfono y, por supuesto, hizo unas bromas al respecto, unas bromas muy serias, distanciadoras del drama, quitándole importancia, como correspondía a esa elegancia y distinción que Abelardo practicó en todas las circunstancias de la vida.

Adiós, amigo.

lunes, 4 de junio de 2018

EYVI



Ningún fuego
podrá apagar el fulgor
de tu sonrisa

Te fuiste para quedarte 

miércoles, 6 de diciembre de 2017

SOBRE VIVIR



"Una persona con hábitos intelectuales o artísticos, una persona que disfruta la música, una persona que disfruta leer nunca está sola. Ella tendrá siempre una compañía: la compañía inmensa de todos los artistas, de todos los escritores que ama, a lo largo de los siglos".

viernes, 27 de octubre de 2017

PRIMERA BANDERA




Un  21.10.1820 el general José de San Martín oficializó la bandera patria.
Su diseño fue modificado, pero sus colores (que en 2017 colmó estadios deportivos y plazas públicas) se mantienen inalterables; fundidos en la memoria y en la sangre de mujeres y hombres nacidos en el Perú.
En mi caso personal, el mayor desasosiego que experimenté en mis días de proveedor de argumentos (dícese asesor) en el parlamento nacional fue la de ser un burócrata y no un investigador.
Sin embargo, cuando regresé a Huacho la historia cambió.
Durante días, semanas y meses me sumergí en la Colección Documental de la Independencia del Perú existente en el Museo de Huaura.


Así descubrí que hubo un día en que un destacamento venido de Cajatambo fue recibido por el mismo Libertador.
Pero asimismo el Museo de Huaura se convirtió en mi cátedra libre. Todo comenzó cuando un sacerdote español junto a una veintena de jóvenes venidos de Sevilla me pidió que los condujera a través del principal museo del Perú dedicado a la Independencia.
Fruto (aun parcial) de mis pesquisas es el libro que publicaré con ocasión del Bicentenario de la Proclama de Huaura (cuyo adelanto adjunto: https://larutadellibertador.blogspot.pe/)
Por lo expuesto, me sentiría indigno de mi pueblo y de mi patria si no acato el grato deber cívico de reanudar hasta su culminación la historia de como nació la República desde Huaura.
Un abrazo a todos los que leyeron el texto  (y a los que no...también).
¡Viva el Perú!

"ABIMAEL, EL SENDERO DEL TERROR"

Matrimonio de Abimael Guzmán y Augusta La Torre



En el segundo piso de una calle de Huamanga, en los años setenta del siglo pasado, un adolescente que vivía en la casa de enfrente recuerda a una pareja sin hijos que nunca pasó desapercibida. Tanto, que un día la policía se llevó al marido en pijama y la mujer lo asistió llevándole una muda de prendas.
A partir de este recuerdo personal, Umberto Jara ha escrito un libro que escudriña con rigor la nada clandestina actividad proselitista de Abimael Guzmán y Augusta La Torre.
De 1962 a 1980, durante dieciocho años, sin que ningún gobierno se ocupara con seriedad de investigarlos y menos de frenarlos, actuaron con libérrima impunidad.
No tuvieron hijos biológicos, pero si uno ideológico, al que dedicaron todos sus afanes y fanáticos empeños: el PCP-SL


Nadie se enteró, hasta el 17.6.1980 en que la camarada Norah (Augusta La Torre) dirigió la quema de ánforas y padrones electorales en el remoto poblado ayacuchano de Chuschi.
Pero sobre todo, Jara, cuenta y revela la trágica historia -al mando de Norah- de la primera víctima del senderismo: Benigno Medina. Un mediano agricultor que alertó y tramitó vanamente el respaldo de las autoridades encargadas. No fue escuchado ni protegido. Error fatal: la muerte de Benigno no fue un comienzo sino el final de un desastre que no supimos advertir. Y que por lo menos, debemos saber recordar.
Pues lo más deplorable (a un cuarto de siglo de la captura de su principal mentor) peor que el olvido es el recuerdo ignorante.

miércoles, 27 de septiembre de 2017

BUDA vs CRISTO




Más allá de sus reales, y pasajeras, existencias ambos continuan en la faz de la tierra (habitando la memoria y vastos confines del redondo mundo).
En el caso del segundo -pese a la mayor antiguedad del primero- representado por la Iglesia Católica, no contenta con extender su señorio por Europa y América, osó imponerse -a toda costa- en el continente asiatico. Sin embargo, pese a los martirologios (o por eso mismo) se encontró con la horma de su zapato.
Una Iglesia, no menos rica en tradición ni menos infexible en devoción, con la fuerza de la razón y la razón de la fuerza, marcó límites históricos al empeño de dotar a la vida de algo mas que existencia.
Habida cuenta que los cineastas son los más eficaces historiadores de la era de las imágenes, una de las más logradas películas de Martín Scorsese aborda con veraz rigor la frontera infernal y celestial de una historia de la que solo el hombre puede ser exclusivo actor y creador.
Los hechos históricos acontecidos en 1640-41 en el Japón (narrados por un libro del escritor S. Endo, publicado en ), son el sustrato real y vital que ha dado motivo al trabajo conjunto de notables actores occidentales y japoneses, dirigidos por el cineasta italonorteamericano.
El resultado es un coherente ensayo visual y conceptual. Formidable y a la vez sobrecogedor. Tan impacable y estremecedor -para el alma- a experimentar un sismo de extrema magnitud.
Con todo, Silencio (al igual que el libro) es el nombre de una hermosa película. Pero ante todo es un espejo. El reflejo de nuestra historia. 
Una historia que no termina sino comienza al alejarse de la pantalla para seguir la batalla. Por los siglos de los siglos.

Debate: 
https://www.youtube.com/watch?v=5UZ1yBNXi3Y

 https://www.youtube.com/watch?v=W6Nu3yBIpFg

lunes, 7 de agosto de 2017

ANTES DEL OLVIDO





Al llegar al paradero
El transportista le responde que no tiene vuelto
Con urgencia procura hacer cambio
Nadie atiende su pedido
Se me ocurre entonces alcanzarle el importe
Aliviada sonríe mientras me agradece
La acompaña un anciano
A mitad del viaje revienta un neumático
Durante la obligada espera
Fuera del vehículo
"¿Tú papá?" le pregunto
"Sí, responde, tiene Alzheimer"
El viento sopla mientras el río suena
"Lo estoy llevando a Cajatambo antes que se olvide"