sábado, 12 de junio de 2010

ARICA, 7 DE JUNIO DE 1880





Cada 7 de Junio el Perú recuerda el sacrificio de Arica. Pues, más que una batalla, se evoca una inmolación colectiva. La heroica resistencia final de un puñado de hombres, oficiales y soldados del diezmado ejército peruano, que aquel día de 1880, enfrentaron la adversidad y el olvido con trágica determinación: luchar hasta quemar el último cartucho. Sin embargo, el dramatismo de la circunstancia se acrecienta cuando sabemos que entre quienes respaldaron la decisión indoblegable del coronel Bolognesi se encontraba un joven oficial argentino que, a la postre, sobrevivió a la guerra. Con el paso de los años aquel heroico oficial que, en momentos tan aciagos, representó la hermandad histórica de nuestros pueblos, se convirtió en presidente de la República Argentina.
En 1907 regresó al Perú y ante el monumento de su antiguo jefe pronunció las palabras más memorables que ha merecido el héroe de Arica.
A continuación, fragmentos del discurso pronunciado por el general - general de los ejércitos del Perú y Argentina- Roque Sáenz Peña:

“El noble anciano contaba 71 años.
Su inteligencia era inculta; pero tenía…la experiencia de los años y la milicia…prefería la derrota en la estrategia y la ordenanza, al triunfo con la inspiración o el acaso.
La voz era clara y entera: los años y los pesares habían plateado sus cabellos y su barba redonda y abundante…
Nunca pudimos conocer sus opiniones sobre la campaña del Sur.
Un día se conversaba en rueda de oficiales superiores sobre la batalla de Dolores; quiso conocerse su opinión sobre el ataque del cerro San Francisco y el coronel Dávila lo interpeló directamente:
-No cree usted coronel Bolognesi, que el cerro era inexpugnable, que el ejército aliado debió sitiarlo y no atacarlo, que debíamos apoderarnos del agua…
-Puede ser,
replicó Bolognesi, pero yo no tenía sed.La murmuración, el aplauso, todo le era indiferente…
La batalla de Tarapacá le sorprendió gravemente enfermo…pero de pronto el toque de generala hiere el oído del enfermo, acelerando los latidos de la fiebre; siente los primeros tiros del combate, y el viejo veterano se incorpora en el lecho, coge la espada; viste su uniforme y ensillando el mismo su caballo trepa las alturas…
¡Qué sinceridad de sentimiento había en ese viejecito batallador!
Al descender del caballo lo esperaban varios jefes y oficiales para restituirlo a su lecho, pero endureciendo sus miembros y levantando su mirada altanera, rechazó todo concurso y llegó por el propio esfuerzo hasta su alojamiento.
-Las balas chilenas, nos dijo señalando sus miembros y levantando su mirada altanera, apenas llegan a las suelas de mis botas…un proyectil le había llevado un tacón de sus granaderas.
El coronel Bolognesi llegó a Arica a la cabeza de su regimiento y fue nombrado comandante en jefe de la plaza que contaba una guarnición de 1,600 hombres.
Era infatigable en el servicio; se aparecía en todas las avanzadas y sorprendía de noche a los centinelas: jefes, oficiales y soldados habían cobrado respeto y afección por el anciano.
Vencedores los chilenos en la batalla de Tacna, traen el ataque sobre Arica…nos hacen fuego durante dos días.
Bolognesi no contesta, pero sigue preparando sus minas y sus elementos de defensa, hasta la mañana del 6 de junio, en que el cañón enmudece y avanza hasta nuestras líneas un jefe chileno con una pequeña comitiva, levantado bandera blanca.
¡Era un parlamentario!
Bolognesi lo hace recibir con todos los preceptos de la ordenanza y todas las leyes de la guerra; le hace vendar los ojos y lo introduce a la plaza, luego a la comandancia, donde ya encuentra reunida la junta de defensa formada por los coroneles, tenientes coroneles y sargentos mayores del ejército.
Eran 28 jefes.
La sesión fue solemne.
El sargento mayor del ejército de Chile expuso la situación de los ejércitos: la plaza, dijo, no pude defenderse bloqueada por mar, sitiada en tierra, por un ejército seis veces superior en fuerzas.
El general Baquedano pedía la evacuación de la plaza y la entrega de las armas; las tropas peruanas desfilarían con honores militares, batiéndose marcha regular por el ejército chileno.
El coronel Bolognesi se dirigió entonces a los jefes de la junta, en estos términos que reproduzco textualmente:
Señores jefes y oficiales:
Estáis llamados a decidir con vuestros votos la suerte de esta plaza de guerra cuya custodia os ha confiado la nación. No quiero hacer presión sobre vuestras conciencias, porque nuestros sacrificios no serían idénticos.
Yo he vivido 71 años y mi existencia no se prolongará por muchos años, ¿qué más puedo desear que morir por la patria y con la gloria de una resistencia heroica, que salvara el honor militar y la dignidad del ejército comprometida en esta guerra? Pero hay entre vosotros hombres jóvenes que pueden ser útiles al país y servirlo en el porvenir: no quiero arrastrarlos en el egoísmo de mi gloria sin que la junta manifieste su voluntad decidida de defender la plaza y de resistir el ataque.
El Comandante en Jefe espera que sus oficiales manifiesten libremente su opinión.
El coronel Moore, que ocupa un asiento en el fondo del desmantelado salón, pusosé de pié y pidió que la junta resolviese por aclamación la defensa de la plaza. Todos los jefes se pusieron de pie y la resistencia quedó resuelta por aclamación: fue entonces que el coronel Bolognesi se dirigió al parlamentario con una frase cuyo recuerdo lo conservan los pocos peruanos que sobrevivieron al desastre: Podeís decir al general Baquedano que me siento orgulloso de mis jefes y dispuesto a quemar el último cartucho en defensa de la plaza”.