martes, 8 de octubre de 2013

HANS MAGNUS ENZENSBERGER













El príncipe de la inteligencia alemana. El ensayista más deslumbrante de Europa. El poeta          -sucesor de Heine y Rilke - con mayor audiencia internacional. Todo eso era, (es, y será), Hans Magnus Enzensberger aquella noche sin tiempo (pues la fecha es lo de menos) en que, alto y erguido, ingresó al histórico Salón de Grados del Centro Cultural de San Marcos.

















Era la primera vez que un intelectual de Alemania de su nivel y prestigio llegaba al Perú. Para las chicas y muchachos que solo aspiraban ser maestros, contadores, abogados, ingenieros o médicos sin duda se trataba de una presencia distante y respetable y a la vez prescindible; pero en cambio, para las chicas y muchachos que no solo aspiraban ser maestros, contadores, abogados, ingenieros o médicos se trató de una ocasión extraordinaria que solo habitar la capital del Perú y pertenecer a su universidad más importante podía hacer posible.

Fue mi caso. En los momentos previos a la ceremonia de recepción, mientras los venerables poetas profesores de Facultad de Letras se reunían, recuerdo las palabras de Sandro Chiri (hoy consagrado docente): “He leído en La República que este alemán es uno de los más importantes intelectuales de su país y de Europa. La verdad que yo no he leído nada de él todavía”. Por mi parte, sin ninguna presunción, le dije mi verdad: le mostré el libro que estaba leyendo. Sandro entonces hizo algo que no me hubiera atrevido (pues siempre tenía presente lo que dijo Julio Cortazar al ver -solo ver- a Lezama Lima en una playa de La Habana: “A las águilas no se les llama por teléfono”): cogió el libro y se dirigió hasta donde se encontraba el ilustre visitante. “Buenas noches, le dijo, tenemos un libro suyo y quisiéramos su firma”.  Con una naturalidad y jovialidad que revelaba su trato frecuente, y preferente, con los jóvenes, la celebridad al escucharlo empuño su lapicero, rasguño la página del libro y nos estrechó la mano. “Ya ves, además de famoso es una persona muy cordial”. (Tenía razón: en el 2013, a los 50, leería estas palabras escritas por un periodista de El País -el diario más influyente de nuestro idioma- “Savater dijo una vez: ‘De mayor, yo quisiera ser Magnus’. Tan grande como su inteligencia, tan humano y capaz como para incluirnos a todos en ella”).















Pero lo verdaderamente inolvidable y conmovedor sucedió cuando, en plena ceremonia de reconocimiento, Hans Magnus mencionó a César Vallejo y pidió leer, en lugar de dar un discurso, un poema de Vallejo en alemán. Inflamado de pasión y emoción, al escuchar en su voz enérgica y vibrante la voz universal de Vallejo aquella noche, más que oír y entender, fue evidente sentir, con orgullo y resignación, por qué aun su propio idioma es poco reino para la voz de un gran poeta.   
El tiempo ha pasado y en su impredecible devenir, además de los libros impresos, hoy existen libros por Internet. Uno de ellos, en versión PDF, es sin duda: “El diablo de los números”. El más difundido, claro y preciso libro de divulgación sobre las matemáticas, escrito (pues los números también requieren -para existir- del auxilio de las palabras) por un poeta. Un libro escrito con matemática exactitud y suprema belleza. Un libro para el que aun el mejor matemático del universo está negado. Un libro que solo un poeta, un profeta, un mago que desentraña los ignotos secretos de las cifras y sus implacables misterios podía escribir.
Al respecto, el poeta ha revelado el explicito punto de partida de libro tan singular: explicar (explicándose el mismo de manera previa) a su hija lo que eran las matemáticas. De manera que procedió -como decía Vallejo- de manera semejante a aquel súbdito zarista que una noche se acostó con su mujer y concibió, sin proponérselo ni saberlo, un genio: Fedor Dostoievsky. Hans Magnus Enzensberger encaminó su espíritu hacia los números y los iluminó hasta sus más vastos confines para hacerlo entendible y digerible para su hija y terminó escribiendo un libro que millones de padres anhelaron encontrar y tener entre manos para compartir con sus amados, y espantados, vástagos.
Persuadido por no menos loable propósito, comparto aquel mentado y comentado libro.



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