martes, 25 de enero de 2011

ENTRE LOS PISONAY



El día miércoles 19 de enero de 2011 desperté más temprano que de costumbre, pues tenía decidido extender mi ruta de rutina más allá de su reiteración habitual. Exactamente hacía La Molina. Sea en mi casa o en una oficina, consideré que, igual, sería una deplorable miseria permanecer en Huacho cuando aquel día la Universidad Agraria de La Molina tenía programado conmemorar el centenario del nacimiento (18/01/1911) de su más célebre profesor y mentor: José María Arguedas.

Premunido de tan puntuales como etéreas impresiones, con el claroscuro del amanecer me despido de mi madre y salgo a esperar el ómnibus. Sin duda debo ser el único habitante de la ciudad que sale con destino a La Molina. Me causa inquietud saberlo. Pues acaso, pienso, hubiera sido preferible ser maestro de escuela o abogado. Mientras cavilo y miro con tristeza mi vieja casa, el rodado público que espero aparece. Entonces abordo el ómnibus y me alejo de la casa, pero no del recuerdo que lo motiva: allí, en esa vieja casa, al amparo de su quietud solariega, a los 14, cuando mi madre (que esta madrugada convalece) era todavía una mujer fuerte y risueña, leí las más de seiscientas páginas de Todas las sangres.

(Campus UNALAM)
A media mañana, mientras el sol reverbera sobre el vértigo de la ciudad, atravieso la puerta principal del campus de la principal universidad de estudios agropecuarios del Perú. Fundada en 1901, La Molina, no obstante tratarse de un centro de estudios para formar ingenieros, durante los años 60 y 70 del siglo pasado, ostentó la más promisoria y reconocida facultad de ciencias sociales del país; de la que José María Arguedas, insigne antropólogo y escritor, fue su maestro más influyente, visible y vigente. En el siglo XXI, ya no se forman sociólogos en La Molina, en cambio sí economistas; con todo, a pesar, y contra, esa circunstancia, el legado de Arguedas perdura y acrecienta, día a día, la gratitud y el orgullo de sus alumnos y profesores. No es para menos: consagrado por el tiempo y por la historia, José María, es, y seguirá, siendo uno de los más ilustres y entrañables molineros.

Rodeada por barrios opulentos y pobres, poblada de árboles y de silencio, La Molina, aunque no lo sea, parece una isla feliz. En todo caso se trata de un espacio privilegiado que ha servido, y sirve, por igual, de territorio propicio a trabajadores migrantes, a jóvenes estudiantes y hasta a algunos de sus profesores que quieren dejar de serlo.

Pese a ser época de vacaciones, las personas con las que me cruzo, en su mayoría jóvenes, se muestran amables cuando requiero de sus auxilios para llegar al auditorio que este día reúne a los lectores y amigos de José María Arguedas. De manera que así, premunido por tan cordiales auspicios, por fin, luego de algunos minutos, llegó hasta la entrada del auditorio A5, en donde una vistosa gigantografía retribuye y pone término a mi resignado y ansioso trajín. Al ingresar, delante del pódium reconozco antes que la imagen la voz de Rodrigo Montoya, el alumno y amigo de José María que ahora,
(Rodrigo Montoya)
cubierto de albura patriarcal, pondera con grave certidumbre el legado de quien, más que ningún peruano de este y de todos los tiempos, consagró su existencia para construir un país de todos y para todos. Al mirar las butacas, a pesar del calor y las vacaciones, compruebo que, muy atentos, predominan en el auditorio las muchachas y los muchachos. Al reconocerlo, alentado acaso por la amistad de Rodrigo, sin proponérmelo, me encamino hasta uno de los lugares más próximos al pódium. A poco, llegan tres señoras que se sientan a mi lado. Luego, en el pódium, toma la posta, Nelson Manrique. Sociólogo por La Molina e historiador por La Católica, cuenta sus experiencias de estudiante residente, cuando -distante y remota- la universidad agraria albergaba no más de un millar de estudiantes y otra cantidad semejante de trabajadores. Su testimonio resulta ameno e ilustrativo, pero para mí, además, inesperado y sorprendente, cuando hace mención a un primo de mi padre. Aquel primo, Walter Quinteros Salazar,  que un día devino notable y riguroso antropólogo. Por si fuera poco, en un alto de las presentaciones, coincido con Zulema y su hermana Silvia, mis primas, también familiares del tío Walter.

Además de Rodrigo y el profesor Manrique, intervienen además Edmundo Murrugarra y Carmen Rosa Pinilla, pero, para mi malhadado parecer, valgan verdades, no tan bien. Pues, sin negar el esmero académico de Edmundo y la pasión biográfica y bibliográfica de Carmen Rosa, al escucharlos, contra mis deseos, siento la ingrata sospecha de que ni el esmero ni la pasión son suficientes atributos para salir airosos en un homenaje.

(Jaime Guardia
En cambio, el lenguaje del charango de Jaime Guardia y de la guitarra de Raúl García Zárate no tiene comparación: superó las más exigentes expectativas. Por la rotunda calidad y la cautivante calidez del homenaje, en el que tengo a bien participar a pesar de la distancia y otras lejanías, me convenzo del acierto que me condujo hasta allí. No es para menos: Arguedas no ha hecho sino consagrar la magnitud de sus presencias.

Al verlos actuar -recuerdan ambos- que fue el escritor quien, entusiasmado, se presentó ante ellos para saludarlos y alentarlos; consagrado como ninguno, aun ausente, qué duda cabe, hoy, en la posteridad, los sigue presentando y representando. Al empuñar el diminuto charango, que contrasta con su venerable corpulencia, Jaime Guardia confiesa su emoción y la sensación de proximidad que le inspira el recuerdo de José María; por eso, elige cantar sus canciones preferidas. “Gracias, estos aplausos no son para mí, sino para nuestro arte, para nuestra música y para el doctor Arguedas”.


(Raúl García Zarate)
A su turno, sobrio y sencillo, Raúl García Zárate, el más virtuoso y original guitarrista de la historia del Perú, antes de rasgar las cuerdas hasta volverlas inconfundible magia sonora, rememora la manera anecdótica con que surgió su amistad con el escritor al concurrir a una presentación de músicos ayacuchanos en la que fue identificado e invitado por el propio Arguedas para subir al escenario. De manera que, con las disculpas del caso, el etnógrafo, antropólogo y narrador, agradecido, además de agradecerle le hizo mención de un comentario publicado sobre uno de sus discos. Al leerlo, descubrió, no sin asombro -con un asombro que aun asoma y perdura- que la grabación comentada había merecido palabras tan certeras y tan rigurosas que parecían escritas por una persona con la que hubiera pasado horas conversando sobre cada uno de los temas impresos.

Cuando todo lo visto y oído parecía suficiente, Edwin Montoya, “El Puquiano de Oro”, contra lo previsto, irrumpe para expresar su homenaje al educador que fuera amigo de sus padres (a quienes frecuentó y trató siendo profesor en la ciudad de Puquio); por eso, incluso, honrando aquella amistad, Edwin invitó a su hermano Rodrigo, que, de esta manera, aquel día memorable, no solo disertó sino cantó.

(Danzak)
El homenaje, sin embargo, consta de tres escenarios: el auditorio, el paraninfo y el jardín del campus (en donde, antes de su destrucción, estuviera el local de la extinta facultad de ciencias sociales). De manera que, cómo no podía ser de otro modo, para cerrar las intervenciones y actuaciones que tienen lugar en el auditorio hacen su aparición seis jóvenes danzak, quienes se presentan y compiten al compas de un arpa y dos violines. Al escuchar el enérgico tintinear de las tijeras estalla la apoteosis: todos aplauden puestos de pié. (En 1964 los danzak por primera vez, traídos por el profesor Arguedas, llegaron a La Molina y ahora uno de ellos incluso, nada menos, se hace llamar Rasu Ñiti).

Con menos regocijo que la atención que convoca el espectáculo mis ojos celebran la repentina visión de una presencia que, de súbito, me remite a los días gratos, aunque lejanos, de mi infancia en Cajatambo: Judith Quinteros, hija de uno de mis primeros profesores. Egresada de La Molina y dotada intérprete, Judith se encuentra en la sala y aplaude con fervor. Al verla me lanzó hacia ella igual que a un dulce abismo. Ninguna regalo podía ser mejor este día inolvidable. Más cuando si Judith es quien me pide que conversemos.

(Busto en el Paraninfo)
Enseguida, presididos por los anfitriones, los concurrentes enrumban hacia el segundo escenario: el Paraninfo. Al llegar, un busto de homenaje, construido -me informa Judith- por los alumnos, acoge las ofrendas florales. Y junto a las flores se ubican las tres señoras que se sentaron a mi lado: son  sobrinas del escritor. Por cierto, no podía ser de otra manera, las ofrendas son también de palabras. Hablan el rector y el responsable de la Cátedra José María Arguedas. Los estudiantes, de ayer y de hoy, de igual modo participan. Uno de ellos -de los de ayer- incluso arenga un saludo que la concurrencia hace suyo al unísono: “¡Maestro José María Arguedas!” “¡Presente!”.

Al concluir las intervenciones el sol reverbera aun con intensidad mientras los seis danzak rinden tributo al Maestro. El coordinador y conductor de la ceremonia (también profesor de la universidad) anuncia la sorpresa final que tendrá lugar en el tercer escenario: la siembra de dos pisonay. Los pisonay, aquellos míticos árboles serranos que fueron los mejores y más estimados amigos del estudioso y narrador más trascendente de la cultura andina.

Alrededor de un césped bien cuidado, que es todo cuanto queda del lugar en donde la tarde, ingrata y sombría, del 28 de noviembre de 1969, José María Arguedas presiono el gatillo de un arma, que a pesar del pasar del tiempo, hiere todavía, fueron plantados dos tiernos pisonay.

(Entre Judith y Zulema, junto al pisonay de homenaje)
Concluidos los actos de homenaje, siento el deber de agradecer: “Soy sobrino de Walter Quinteros, he venido desde Huacho y me voy agradecido por el privilegio de haber asistido a este memorable y sentido homenaje”. El profesor Rivera, al verme comparecer, no solo agradece mis palabras sino que se muestra no menos hospitalario que cordial: me invita, a través de Judith, compartir el almuerzo del día con los demás organizadores. Escuchar su invitación, más que grato, me resulta abrumador; pues estar allí, en el lugar donde pasó sus últimos días el escritor más querido y admirado del Perú, y a la vez, poder conversar con personas que lo vieron y trataron es un privilegio que me embarga de discreta, pero no por eso menos intensa, emoción. Por eso, no puedo dejar de prestar atención de todo cuanto escucho; pero en especial,  cuando el doctor Rivera  recuerda el final de la tarde de aquel aciago 28 de noviembre de 1969: “Ese día, al irme, lo vi -dice- desde el ómnibus. Estaba parado en la puerta de su oficina, pensativo, con las manos cogidas. No sé por qué, entonces no podía saberlo, pero al verlo sentí mucha pena”.
(Ciudad de Cajatambo)
Me voy con el recuerdo de los testimonios y las canciones, pero también me voy escuchando la suave voz de Judith. Escucharla me colma de íntima gratitud. Acaso también a ella. Son testigos el viento y los árboles, bajo cuya sombra, siendo estudiante, paseó su canto y su encanto. No por nada, su voz sabe a murmullo tierno, su risa a cascada. Al verla recuerdo a su padre, mi profesor, que un día, no menos trágico, envuelto bajo un poncho se lanzó al abismo que orilla al pueblo en donde nacimos. Naturalmente, no menciono aquel episodio, pero me enternece tenerlo presente.

El día depone su furor. Judith su presencia. Todo tiene su final, que más dá. Leve como una sombra, Judith se va, no sus palabras: “¿Es la primera vez que conversamos, no?”.

CAJATAMBO EN EL RECUERDO DE J. M. ARGUEDAS

Primo César:

Creo que las líneas que le has dedicado a José María Aguedas son las mejores que algún cajatambino le ha hecho al gran escritor de Todas las Sangres. Este es el año del Centenario de su nacimiento y valen las reflexiones en torno a él para construir una sociedad más tolerante, más respetuosa, más justa, donde la riqueza de la diversidad sea aceptada y apreciada por todos.

Es probable que lo sepas: Churín y Cajatambo no le fueron ajenos a José María Arguedas. En una carta que le escribe desde Churín a su primera esposa, Celia Bustamante, a quien cariñosamente llamaba “Ratita”, le dice “(…) llegó de Cajatambo una orquesta: arpa y dos violines, ¡tocan lindo! Vinieron al hotel, porque conocían a la señora y cantaron huaynos hermosísimos; eso me impresionó mucho, y también dormí poco esa noche.(...)” No hay lugar a dudas de que el escritor se está refiriendo a la misma música que escucharon nuestros ancestros allá por el año 1944, probablemente la misma música que hemos escuchado del arpa del tío Rolando, bien acompañado del violín del tío Alejandro Ballardo.

Para leer la carta completa se puede ir a la página 122 de:
http://books.google.com.pe/books?id=mHXfEilP6bYC&lpg=PA122&ots=G1jPOlTEIm&dq=Jos%C3%A9%20Mar%C3%ADa%20Arguedas%20Cajatambo&hl=es&pg=PA122#v=onepage&q=Jos%C3%A9%20Mar%C3%ADa%20Arguedas%20Cajatambo&f=false
Van los saludos para tuíta la fam,

Manolo

INVITACIÓN:  "CÁTEDRA JOSÉ MARÍA ARGUEDAS"

Estimado Sr. Reyes


He recibido con mucho agrado su carta referida al homenaje a J.M.Arguedas. Reconozco en ella su sensibilidad y afecto por nuestro escritor así como sus dotes de buen narrador.

En la Cátedra, a lo largo de este año desarrollaremos muchas actividades, a la que desde ya le invito a participar. Judith ya nos ofreció su apoyo.

Reciba mis saludos,

Ricardo Rivera.

 
 ABRAZO DE PALABRAS
 
Estimado César:


Acabo de leer tu nota tan emotiva de tu visita a la Universidad Nacional Agraria La Molina el día de la celebración de los 100 años del nacimiento de José María Arguedas. Me emociona tu sensibilidad y me siento con la necesidad de pedirte disculpas por la poca hospitalidad que te mostré, espero saldar esa deuda en cualquier momento.

Yo trabajo en ésta Universidad, soy Bióloga de la Facultad de Ciencias y ahora mismo estoy en el puesto de Decana de la misma Facultad. Justamente, menciono ese cargo administrativo, para señalarte que no seguí en la celebración, porque ya estaba con minutos de retraso el inicio de un Consejo Universitario del cual soy parte junto con el Rector y Vicerectores, con quienes a carreras nos alejamos del grupo.

Deseándote muchos éxitos en tu vida laboral y dicha familiar, me despido con mucho cariño.

Zulema Quinteros Carlos.