viernes, 13 de septiembre de 2013

UN TAL PIZARRO

(1478-1541)

Era español pero acabó siendo peruano. Fue padre de una hija -cuya madre habló quechua- del mismo modo que de una ciudad que a duras penas tolera su presencia en sus calles y plazas. Tanto que su mas visible monumento fue desalojado del parque contiguo al solar que alguna vez le perteneció.
Ungido gobernador, su conquista (la del poder) fue breve, aun cuando gobernó hasta su muerte. Apenas nueve años hasta el día  en que los descendientes de sus socios, enfilaron sus espadas el 26 de junio de 1541 para poner fin a su mandato y a su existencia.
Casa Museo (España)
Su historia es nuestra historia. Su idioma también. No debemos, ni podemos, ignorarlo. Pues reconocer su legado no contradice ni menoscaba la herencia ancestral que lo precede. Todo lo contrario.
Su presencia sigue siendo actual. No tanto por qué se le aprecie, sino por todo lo contrario. En nuestra historia suscita, mas que ningún otro u otra, resistencia y rechazo. Se le atribuye personificar la avaricia, el despotismo y la lujuria. Es decir, la riqueza, el poder y el placer sin límites ni escrúpulos.
No se menciona su nombre ni se le rinde homenajes. Se le ignora pero no se le olvida. Conquistador (o invasor) del glorioso Tawantinsuyo llegó al territorio incaico siendo veterano. Pues en el siglo XVI tener más de cincuenta años (como fuera su caso) era ser una anciano. Con todo, orgulloso de su obra (el Perú) supo defenderla de la ambición sececcionista de su mas cercano socio. Así nació el Perú, y con ella, de igual forma, el antecedente mas remoto de la funesta guerra de 1879.
Conquista o invasión el ingreso y ocupación española de territorios de América en el siglo XVI debe entenderse ante todo, dicho en términos habituales y actuales, como un acto de globalización. El descubrimiento y posicionamiento de un nuevo mundo que completó al mundo. Asimismo, como la extensión de una fe y de un idioma.
Pero solo México y Perú hizo posible exacerbar codicias y aplacar ínfulas. Desconcertados, y no pocas veces deslumbrados, hubo quienes hicieron acopio de datos y esmero para dejar constancia de travesías y avatares por ignotos territorios. Y son ellos, los que rasgan las plumas, mientras las espadas descansan, los que continúan en la historia. 

De los documentos que dan cuenta del golpe de Estado y sacrificio de Francisco Pizarro el historiador José de la Riva Aguero legó está esclarecedora reseña: "Leyendo las informaciones judiciales, levantadas no muchos años después, se ve que los conjurados lo aguardaban en la misa de la Iglesia Mayor, a que no asistió. Se deslizaron luego por donde ahora está el Arzobispado; y penetraron en la esquina, encabezados por Juan de Rada (el tutor de Almagro el Mozo), en el Palacio de Gobierno, a la hora de mediodía, cuando casi todos los vecinos se hallaban comiendo en sus hogares. Sobre el número de los que entraron en Palacio, no concuerdan los testigos ni los cronistas; pero en ningún caso excedían de veinte. (Declaraciones de Isabel de Ovalle, mujer de Cristobal de Burgos, y de Francisco Hurtado de Hervia). 
Tumba (Lima)
Más los restantes almagristas, que, en espera del ataque, se habían reunido y ocultado en siete casas próximas, sumaban cosa de doscientos, entre infantes y jinetes. Los dirigía en persona el mismo Almagro el Mozo, que a poco salió montado. Estos fueron los que aislaron el Palacio y aseguraron el éxito de la sorpresa, interceptando los socorros, rechazando y apresando a los capitanes pizarristas que se presentaban en la plaza o sus cercanías armados y a caballo. Así sucedió muy señaladamente con Aguero y con Ribera el Mozo, el Alcalde Juan de Barros, Encomendero de Hanan Ica, y Rodrígo de Mazuelas; todos los cuales fueron presos, saqueadas sus casas, y estuvieron a punto de ser degollados. Jerónimo de Aliaga se vió asediado en su propia residencia, junto a Palacio; y se resistió hasta el anochecer". 
  

1 comentario:

Anónimo dijo...

Cesar, buen articulo

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