lunes, 19 de octubre de 2015

EL LIBRO Y LA ESPADA

Plaza de Cajamarca

Asumiendo, para encubrir y justificar sus reales ambiciones, necedades y necesidades, ser representantes del los conductores de la monarquía española y de la iglesia católica, Francisco Pizarro y sus huestes  incursionaron en la plaza de Cajamarca el 16.11.1532. Así, aquel día, con la captura del soberbio y demasiado confiado vencedor de la guerra de sucesión del estado inca, entre la confusión, el clamor y el drama; entre el estruendo y el desbande, de la agonía del Tawantinsuyo comenzó a nacer el Perú.
Sus protagonistas, la airosa minoría letrada que se alzó victoriosa, entonces, hizo historia empuñando no solo la espada sino la pluma. Sus palabras, a través de los siglos, y a través de un idioma tan nuestro como el de ellos, nos devuelven al rigor pétreo del escenario, a la luminosidad dramática del día y al misterio suspendido en filo de las espadas y las descargas de los cañones. 
En el plazo pasajero de la vida, igual que todos, murieron; solo sus palabras, igual que su sangre y el idioma que trajeron, en nuestra sangre y en nuestra voz, perduran. Por eso, aunque nos cueste admitirlo, su historia es la nuestra y sus palabras un testimonio de nuestras propias existencias. El presente de nuestro pasado. Los ojos hechos de signos y palabras que nos miran y nos hablan.

Reconstrucción del escenario



"Y un frayle de la orden de Santo Domingo con un crux + en la mano queriéndole dezir las cosas de Dios, le fue a hablar: y le dixo, que los christianos eran sus amigos: y que el señor governador le quería mucho y que entrasse en su posada a ver le. El cacique respondió que el no pasaría mas adelante hasta que le bolviessen los christianos todo lo que le havian tomado en toda la tierra y que después el haría todo lo que le viniesse en voluntad. Dexando el frayle aquellas platicas, con un libro que traya en las manos le empeço a dezir las cosas de Dios que le convenían: pero el no las quiso tomar: y pidiendo el libro, el padre se lo dio, pensando que lo quería besar: y el lo tomo, y lo echo encima de su gente y el mochacho que era la lengua, que allí estava diziendole aquellas cosas, fue corriendo luego: y tomo el libro, y diolo al padre: y el padre se bolvio luego dando bozes, diziendo, salid salid christianos, y venid a estos enemigos perros, que no quieren las cosas de Dios: que me ha echado aquel cacique en el suelo el libro de nuestra santa ley Y en esto hizieron señas al artillero que soltasse los tiros por medio dellos. y assi soltó los dos dellos, que no pudo soltar mas. y los indios que avian subido a la fortaleza no descendieron por donde avian subido, antes los hizieron saltar de la fortaleza abaxo. Viendo esto la gente de cavallo que en las tres casas estava, salió toda como tenían concertado: y así mesmo salió el governador con la gente de pie que consigo tenia: y fue derecho a las andas donde estava aquel señor. Y muchos de los de pie que llevava se apartaron algo del, viendo que eran muchos los indios contrarios. y por vengarse mas dellos, con la poca gente que le quedo, el governador llego a sus andas, aunque no le dexavan llegar: que muchos indios tenían cortadas las manos, y con los hombros tenían las andas de su señor: aunque no les aprovecho su esfuerço: porque todos fueron muertos y su señor preso por el governador. Con aquellos pocos de pie que llevava: y con la gente de cavallo salió al campo: y muchos dellos cayeron sobre los indios que yvan huyendo, que eran tantos, que por huyr derribaron una pared de seys pies en ancho: y mas de quinze de largo y de altura de un hombre: en esta cayeron muchos de cavallo. y en espacio de dos horas (que no serian mas de día) toda aquella gente fue desbaratada. Y en verdad no fue por nuestras fuerças, que éramos pocos: sino por la gracia de Dios que es mucha Quedaron aquel día muertos en el campo seys, o siete mil indios, sin otros muchos que llevaban los braços cortados y otras heridas y aquella noche anduvo la gente de cavallo y la de pie por el pueblo: porque vimos cinco o seys mil indios en una sierra que esta encima del pueblo: y andovimos guardandonos dellos. Porque los christianos se recogessen al real, mando el governador soltar un tiro de artillería: y luego se recogeron los de cavallo que andavan en el campo pensando que indios davan en real, y assi mesmo los de pie, siendo passadas quatro o cinco horas de la noche." Cristobal de Mena, "La conquista del Perú llamada la Nueva Castilla",     (primera crónica de historia peruana publicada en Sevilla en 1534)  

“Entrando hasta la mitad de la plaza, reparó allí, y salió un fraile dominico, que estaba con el gobernador, a hablarle de su parte que el gobernador le esperaba en su aposento, que le fuese a hablar : y díjole cómo era sacerdote, y que era enviado por el Emperador para que les enseñase las cosas de la fe, si quisiesen ser cristianos, y díjole que aquel libro era de las cosas de Dios ; y el Atabaliba le pidió el libro y arrojóle en el suelo, y dijo: “Yo no pasaré de aquí hasta que deis todo lo que habéis tomado en mi tierra; que yo bien sé quién sois vosotros y en lo que andáis”. Y levantóse en las andas y habló a su gente, y hubo murmullo entre ellos, llamando a la gente que tenía las armas. El fraile fué al gobernador, y díjole que qué hacía que ya no estaba la cosa en tiempo de esperar más.” Hernando Pizarro “Carta a los oidores de la audiencia de Santo Domingo”, (1533)


 “El Padre Fray Vicente de Valverde, de la Orden de los Predicadores, que después fue Obispo de aquella tierra, con la Biblia en la mano y con él Martín lengua, y así juntos, llegaron por entre la gente a poder hablar con Atabalica; al cual le comenzó a decir cosas de la Sagrada Escritura y que Nuestro Señor Jesucristo mandaba que entre los suyos no hubiese guerra ni discordia sino toda paz: y que él en su nombre así se lo pedía y requería; pues había quedado de tratar de ella el día antes, y de venir solo, sin gente de guerra; a las cuales palabras y otras muchas que el fraile le dijo, él estuvo callando sin volver respuesta; y tornándole a decir que mirase lo que Dios mandaba, lo cual estaba en aquel libro que llevaba en la mano escrito, admirándose, a mi parecer, más de la escritura que de lo escrito en ella, le pidió el libro, y le abrió y le ojeó, mirando el molde y la orden de él y de: pués de visto le arrojó por entre la gente, con mucha ira y el rostro muy encarnizado, diciendo: “Decidles a ésos que vengan acá, que no pasaré de aquí hasta que me den cuenta y satisfagan y paguen lo que han hecho en la tierra”. Visto esto por el fraile y lo poco que aprovechaban sus palabras, tomó su libro y abajó su cabeza y fuese para donde estaba el dicho Pizarro casi corriendo y díjole: “¡No veis lo que pasa!, ¿para qué estáis en comedimientos y requerimientos con este perro lleno de soberbia, que vienen los campos llenos de indios? ¡Salid a él, que yo os absuelvo?” Miguel de Estete, 1538.

“Entra Atabalica en la plaza con tanto poderío, que era cosa de ver. En medio de la plaza se paró. Como el Gobernador vió aquello, envióle un fraile, para que llegase más adelante a hablar con el Gobernador, porque se saliese más de la gente. El fraile fué y le dijo estas palabras:
- Atabalica: el Gobernador te está esperando para cenar y te ruega que vayas, porque no cenará sin ti.
El respondió:
- Habéisme robado la tierra por donde habéis venido y ahora estáme esperando para cenar. No he de pasar de aquí si no me traéis todo el oro y plata y esclavos y ropa que me traéis y tenéis, y no lo trayendo téngoos de matar a todos.
Entonces le respondió el fraile y le dijo:
- Mira, Atabalica, qúe no manda Dios eso, sinó que nos amemos a nosotros .
Entonces le preguntó Atabalica:
-¿Quién es ese Dios? 
El fraile le dijo:
- El que te hizo a ti y a todos nosotros.Y esto te digo lo dejó aquí, escrito en esté libro.
Entonces le pidió Atabalica el libro y el fraile se lo dió. Y como Atabalica vió el libro, arrojólo por ahí, burlando del fraile. Toma su libro y vuelve donde el Gobernador estaba, llorando y llamando a Dios. Juan Ruiz de Arce. “Adbertençias que hiço el fundador del Bínculo y Mayorazgo, A los  subçesores de él...” (1547)

"Y fue tanta la furia con que huyeron que rompieron un lienzo de la cerca de la plaza y muchos cayeron unos sobre otros.” Francisco de Xerez (1534)

 Anexo audiovisual:



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