lunes, 27 de abril de 2009

HOMENAJE A OCTAVIO PAZ

(1914-1998)


El 19 de abril de 1998, a las diez y medía de la noche, falleció en Coyoacan (México) Octavio Paz. Así concluyó una trayectoria vital de 84 años que hizo posible la prosa más notable del siglo XX. Sin embargo se trató de un poeta. Un gran poeta (sin duda uno de los cuatro grandes de la poesía de América del Sur junto con Vallejo, Neruda y Borges). Entonces, cabe preguntarse, ¿porqué encomiar tanto la prosa de su prosa?. 
La razón es simple: escribió los ensayos mejor escritos del idioma español. Pues si Alfonso Reyes fue un océano frenético y Borges un relámpago implacable, Paz ensayista fue simplemente una luz que al mismo tiempo que alumbra abriga. Por eso su palabra aunque alcance el minucioso rigor de una fotografía perdura, ante todo, con la rotundidad final de un abrazo.
A lo largo de su vida convocó el reconocimiento y la amistad de los más grandes pensadores hispanos que lo precedieron: Ortega y Gassett, Reyes y Borges; y del mismo modo, retribuyó con admiración el aprecio de sus iguales en este y el otro mundo (es decir: en la memoria). No es una exageración: El laberinto de la soledad, su primer ensayo publicado en 1950, ha logrado la mítica cifra de un millón de ejemplares vendidos.

“No miro con los ojos: las palabras son mis ojos”, escribió. Testigo lúcido y apasionado de su siglo no buscó refugio en el pasado ni en las ficciones ni en el respetable amparo de las cátedras. Su atención siempre fija en el presente; por el contrario, nunca estuvo solo en el presente. Y puesto que, según creía, ciegan por igual la excesiva luz y la excesiva sombra, su mirada vigilante y acuciosa proyectó una visión y un tono tan inconfundibles que no leerlo es ignorar la forma más extraordinaria de ordenar palabras para aprender a mirar (y caminar) en este mundo de breves dichas y largas penas.

Aunque en su trayectoria laboral fue maestro de escuela y diplomático el resto de su vida su existencia no fue otra cosa que un constante -solitario y solidario- ejercicio del entendimiento a través de la poesía y de los textos de discernimiento que motivan esta desordenada evocación. Textos que en total suman 16 tomos (a un promedio de medio millar de páginas cada uno) presentados y compilados por su propio autor. Ahora mismo, cuando proso estas vacilantes líneas, tengo dos de ellos a mí alrededor: Usos y costumbres, que abordan las no siempre armoniosas vinculaciones entre la cultura y el poder. Igualmente perduran en mi memoria la fascinante lectura (y relectura) de un puñado de libros sin los cuales jamás me hubiera atrevido a publicar. Pues, como dijera el mismo Octavio, se aprende copiando de los demás y después sigue uno su camino.

Han pasado los años (y seguirán pasando) pero si es verdad que el estilo es el hombre, continua hoy tan vivo como cuando estuvo presente. Y no menos actual; puesto que hoy como nunca las miradas se dirigen hacia las dos culturas que más lo cautivaron: India y China. Y asimismo, tal como celebró al imaginarlo, vivimos una época en que las imágenes, los signos y sonidos se han entreverado en nuestras vidas de tal modo que lejos de ocultarse la palabra sigue teniendo la última palabra.
El tiempo en su curso inexorable vuelve olvido al presente, que duda cabe; sin embargo, me parece oír todavía las palabras de la mujer que me quería con mis libros octavianos y todo lo demás: “Ha muerto ese señor ¿no?”. Falso: para mí fue ella la que murió.


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