miércoles, 22 de abril de 2009

MUERTE AL ATARDECER




Bajo un sol esplendoroso y próximo al mar de la ciudad litoral que lo vio crecer, lejos de las nubes y de la verde maraña de su repentina inmolación, el miércoles 15 de abril del 2009 Fernando Suárez Pichilingue ingreso en la Cripta de los Héroes del cementerio general de Huacho. De está manera, al mismo tiempo que era sepultado con el grado póstumo de Mayor nacía el héroe cuyo nombre habrá de perdurar no en el silencio de una tumba sino en la cotidiana vitalidad de la memoria. Y así, en el devenir de los días por venir, los designios de su destino personal lo será también los del pueblo que en adelante le dará vida a su vida. (Por lo pronto, dos locales institucionales llevaran su nombre).
Sin embargo, cuando semanas antes el Mayor EP Guillermo Núñez Velásquez (que sería el último de sus familiares en viajar a su encuentro y luego en verlo en la sala de patología del Hospital Militar) fue a visitarlo, Fernando era todavía el hombre risueño y afable que no hubiera dudado en repetir que si los héroes eran como él no era verdad que los héroes existieran. Pues, cuando el hermano de su madre llegó a Huanta Fernando ya se encontraba en el “monte” y nada hacia presagiar que, por encima de las dificultades, la hora suprema estaba cerca. El momento inexorable en que huir o morir era cuestión de un instante. Un instante que se vuelve eterno cuando un capitán avanza contra la misma muerte.
Un hombre puede ser vencido, decía Ernest Hemingway, pero nunca destruido. El día fatídico (09/04/09) treinta soldados, divididos en dos patrullas, se abren paso en la espesura sepulcral del bosque. Fernando ocupa el octavo lugar de la fila. De pronto, cuatro explosiones simultáneas desencadenan la cacería mortal. Son alrededor de las cuatro de la tarde. Fernando no huye, contraataca. Intentan doblegarlo, escucharlo implorar por su vida pero contra lo que aguarda la horda decide mirar de frente a la muerte. Y así, aun vencido, vence, y junto con él trece soldados, sucumben en la soledad brutal de aquel Jueves Santo del 2009.
El velorio reúne personas y recuerdos. Al final de la noche soy el único civil en pie junto a los integrantes de la Promoción 106 “Héroes del Cenepa” de Infantería del Ejercito. César Linares, también Capitán, compartió operativos con Fernando y sus evocaciones conmigo. Se trata de otro militar que en ocasión similar fue dado por desaparecido -igual que Fernando en un primer momento- hasta que resurrecto para sus familiares y amigos, lejos de atender sus ruegos, volvió a la brega. Con la salvedad de que de enfrentar la muerte pasó a rendirle honores. Pues destacado como integrante de la unidad protocolar de pompas fúnebres de las FFAA a diario su labor consiste en comparecer en las ceremonias del adiós de los oficiales que se van de este mundo con la discreta resignación del deber cumplido. En consecuencia, lo que menos esperó el capitán Linares es tener en sus manos un documento que confirmara la muerte en acción de su amigo y camarada de confidencias, riesgos y patrullajes; todo lo cual , a decir verdad, fue para él como enterarse de su propia muerte.
Pero sucedió lo inexorable, en un territorio en conflicto contra el narcotráfico y el fanatismo armado denominado VRAE (que quiere decir: Valle de los ríos Apurímac y Ene) que comprende una jurisdicción de cinco provincias y una población de más de 300 mil habitantes en un desolado paraje del cerro Ccompata (caserío de Sanabamba, distrito de Ayahuanco, provincia de Huanta), al atardecer del Jueves Santo del 2009 el capitán Fernando Suárez y sus soldados fueron emboscados y asesinados (“entre pájaros y árboles” igual que en el premonitorio poema de Javier Heraud) mientras 44 por ciento de mujeres y hombres de esas cinco provincias continuaban sobreviviendo en la pobreza y el olvido más extremo y el lucro más despiadado (que motiva las más de 15 mil hectáreas de cultivos de coca que se convierten en cocaína). Pobreza que hiere el cuerpo (51% de desnutrición) y el alma (30% de analfabetismo) de su gente no menos que los disparos y las balas que sirven incluso de infame argumento homicida. Entonces, solo entonces, se entienden las palabras con que los capitanes Suárez y Linares se despedían antes de desafiar los montes y los abismos: “Hasta pronto promoción: ¡Nos vemos en el Infierno!”.

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