martes, 8 de mayo de 2012

EL CAMINO DE LAS LETRAS

(1928-2011)

“Un camino equivocado es también un camino”
                                                                                           W. Delgado

El 26 de abril de 2012 se cumplió el primer año de permanencia postrera de Carlos Eduardo Zavaleta. El escritor peruano que dedicó, más que ningún otro, su existencia al estudio y la divulgación de la literatura inglesa.
Aunque no asistí a sus clases ni seguí el camino curricular de las letras lo recuerdo con afecto y gratitud. Escuché decir que era un profesor arrogante y despótico. Quizá lo fuera. No lo sé. Conmigo se mostró siempre considerado y afable.
La primera vez que lo vi y escuche - lo recuerdo bien- fue en la versión inicial de la feria del libro Ricardo Palma en Miraflores (1982). Para entonces había leído  y releído una selección  de sus cuentos que me impresiono descubrir en una edición de rustica tapa azul y hermoso título: El fuego y la rutina. Aquella noche se hallaba acompañado por otro elegante (en apariencia y estilo) maestro sanmarquino. Alberto Escobar. Sin dudarlo, compré entonces uno de sus libros y me acerqué alborozado. Decidido le dije que estudiaba letras y a cambio junto con su firma me retribuyó con un puñado de generosas palabras de las que guardo prueba impresa: “Para César, en espera de que  siga el camino de las letras”.
Pero aun cuando lo celebré, y lo sigo celebrando, en realidad mentí: yo no estudiaba letras sino derecho en San Marcos. Con todo, acaso en verdad -esa verdad-, sin que yo mismo me diera cuenta, fuera una mentira: pues lo cierto era que dedicaba más tiempo a la literatura que al aprendizaje jurídico. A la lectura como ejercicio y aprendizaje de la literatura. Y puesto que ninguna universidad te ofrece hacerte escritor, en mi caso, el derecho se fue derecho a la mierda, y en su lugar, la literatura en la razón y el amor de mi vida. Así de simple.

Carlos Eduardo nació en Caraz en 1928. Era ancashino, pero fue ante todo un ciudadano del mundo. La ocupación de su padre (jefe de correos) y la suya propia (al ingresar al servicio diplomático) lo llevó a vivir en muchas provincias y muchos países. (Por eso mismo, a pesar del barró que la sepultó, gracias a sus entrañables evocaciones, la luz de la luna y el resplandor de la nieve reverberan todavía, hasta hacerse poesía imaginaria, en la plaza de Yungay).
Más que un escritor de indios y mestizos Zavaleta fue un escritor de andinos hispanos, de mujeres y hombres desgarrados por el tiempo y la memoria, ansiosos por beber, a la vez, en las dos orillas de la vida. Sedientos de tradición, sedientos de modernidad. Los peruanos de hoy – entre Iron Maden y Yacus, entre Gianmarco y Raúl Arquinigo- acaso, más que en otras, más brillantes, pueblan sus páginas. Pues aun cuando la fama y la gloria le fueran esquivas y melindrosas en su obra existe algo que perdura sobre la fama y la gloria: calidad.
Estudiante de medicina en San Marcos , la asunción de la literatura, lo condujo de los pasillos de San Fernando ( la escuela primigenia de médicos en el Perú) a los de la facultad de letras de La Casona. Alumno chancón y aprovechado logró becas y, luego, premios. Sin disputa se le considera el introductor de las técnicas modernas del diálogo interior y los cambios de  tiempo en la prosa peruana. Más aun: cuando Faulkner ( el más notable escritor que han dado los EEUU en su historia) visitó el Perú en 1954, en una memorable conferencia de prensa dada en el hotel Bolivar, fue el joven Zavaleta quien se hizo cargo de traducir las palabras del escritor norteamericano.

Ciento cincuenta cuentos, seis novelas y otras ocho (demasiado extensas para ser cuentos y demasiado breves para ser novelas), traducciones de poesía inglesa, artículos, monografías y ensayos conforman la obra sucesiva y constante de sesenticuatro años de silenciosa y solitaria fidelidad creativa. Maestro universitario y animador cultural itinerante, habida cuenta su ortodoxa y meritoria calificación académica las aulas y las embajadas fueron su querencia habitual y vital. No obstante, a pesar de todo la pinta lo traicionó: bajito y cegatón su drama fuera acaso poseer un espíritu dotado en una apariencia harto común. En definitiva, no era un hombre ordinario ni rutinario. Todo lo contrario: nunca olvidaré la sobriedad y compostura con que lo vi leer durante media hora en la hemeroteca de la facultad de letras. Pues , hasta en algo tan simple, fue siempre un maestro.






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