martes, 8 de mayo de 2012

VIDAS PERDIDAS



Por: Héctor Meza Parra

Ese día martes en la mañana se veía a un hombre que había venido de lejos. Estaba sentado y con la cabeza gacha frente a una tumba. No le quitaba la mirada para nada a aquella inscripción que surgía del suelo: “Maruja Aza, en la gloria de Dios. Que en paz descanse. Recuerdo de tus padres”. Parecía conversar con aquellos pétalos que el tiempo había marchitado. Sin embargo, en la mano tenía una flor viva pero sin nombre que minutos antes había arrancado del jardín de una de las casas por donde pasó. El hombre que había sido encumbrado a la fama por haber escrito inmensas páginas de la literatura peruana, aplaudido y venerado por hermosas mujeres, entre ellas sus propias alumnas de la universidad, el que fue condecorado con laureles en las aulas académicas, ese día estaba derrumbado, solitario, perdido sobre un montículo de hierbas, derrotado y sin defensas como un galeón arrimado en las costas de una isla. A sus ochenta años sentía que se arrepentía de no haber amado, quizás por no declarar a tiempo su amor a aquella chiquilla de ojos redondos, y fina cabellera que solía ir a misa todos los domingos del brazo de su madre. Él sabía que ella le esperaba para devolverle la misma mirada de amor, pero nunca se atrevió, quizás por la inexperiencia que otorga la vida, sobre todo cuando se tiene quince años. Así dejó pasar la oportunidad frente a sus ojos. Ella también en vano esperó mucho tiempo, en vano rechazó a otros amores diciendo que el suyo pronto vendría, pero lo peor fue que nunca le confesó a nadie de sus gritos reprimidos, con excepción del padre Sebastián, a quien confió sus penas y dolores de niña adolescente. El tiempo marchitó sus pómulos y él mismo se encargó de encanecer su encendida cabellera. Se consagró a querer a los demás y vivió para no acordarse de sí misma. No tuvo hijos ni amantes. Desde entonces vivió para sus sobrinos. Ofrendó su vida a cuidar de sus padres mientras se sentía con fuerzas. Y allá, lejos en la capital, él conquistaba el mundo con sus libros y con su fama de artista. En el otro lado de ese mismo mundo, nadie preguntaba por ella, quizás porque nadie sabía de su existencia. A Maruja, en su pueblo, los jóvenes la consideraban altiva y soberbia porque no cedía sonrisas. Y la razón era simple, Maruja no era soberbia sino que su corazón ya se lo había entregado a Carlos Eduardo en una promesa a solas y sin más testigos que un cuaderno que él le regaló. Así creció y así se curvó con los años, sola y callada. Muy pronto, la artritis retorció sus huesos; las várices y la ausencia de calcio la confinaron a una silla de ruedas y por último, la depresión y la angina la llevaron a la tumba. Sé por sus vecinos que ella jamás entregó su cuerpo a nadie ni manchó sus labios con los labios de nadie. Su incorruptible cuerpo lo entregó a Dios. Se negó así misma a ser feliz –decían todos cuando murió-. Siempre vivió esperando una dulce frase que le diga al oído: “Te amo Maruja”. Pero jamás sucedió. Ahora, Carlos Eduardo, estaba frente a ella después de sesenta y cinco años. Vino a buscarla pero ya era demasiado tarde. Se dio cuenta que también la amaba pero que nunca tuvo la valentía de decírselo frente a frente, excepto ese martes, que volvió a Tarma para mirarle a los ojos y decirle: “Te amo Marujita. Te amaré siempre mi pequeña Sasha”. Pero Carlos que permanecía sentado sintió en los ojos llegar una neblina húmeda que lo motivó a pensar por un momento en una breve frase mientras se tomaba los cabellos frente a la cruz de mármol. Con esa mirada estéril escribió el siguiente epitafio junto a la tumba de Maruja: “A la mujer que amé y besé sin haber tocado sus labios. Perdón por todos estos años de silencio”. Carlos Eduardo, meditó por un momento y con una voz quebrada le dijo a Maruja: “He venido para quedarme contigo”.

El viento empezó a zafarse de las manos de la tarde para dar paso a la inmensa luna que se agrandaba conforme llegaba la noche con pasos de doncella. Carlos permanecía sentado en esa galería oscura que daba a cualquier lugar menos a la salida. Él también ahora comprendía que la vida no era vida sino se llegaba a amar.

Hoy esas almas, que se negaron a darse la felicidad, seguramente esta tarde que a Carlos Eduardo lo hallaron muerto en su casa, no tendrá otro objetivo que buscar a su Marujita, allá lejos, después de las estrellas.

Tarma, 06 de mayo de 2011

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