sábado, 12 de mayo de 2012

LA PUTA VIDA

 
La obra justiifica la vida, la vida la obra. ¿Por qué y para qué se escribe? No solo su vasta obra, sino sus propias reflexiones son una respuesta. Pero acaso de todos los miles de páginas que conforman su obra - y que confieso sin verguenza conocer-, de todas, repito, acaso en el ensayo-homenaje Viaje a la ficcion. El mundo de Juan Carlos Onetti, Marió Vargas Llosa haya escrito la aproximación más luminosa a aquel misterio, que -no hay que olvidarlo- es también el misterio de su propia existencia. 


(1909-1994)
Si la vida fuera tan espantoamente sieniestra y la huamanidad una masa tan repelente de frustrados y amargados como dicen los  narradores y personajes de Onetti, dificilmente hubiera tenido quién los inventó el aliciente y la voluntad para coger la pluma -o sentarse ente la máquina de escribir- y dedicar tantos días, meses y años a elaborar una obra tan abundante y de tan sólida factura como la que forjó. ¿Quiere decir esto que había, en aquellas imprecaciones contra la  vida que jalonan las historias de  Onetti, puro teatro? No. Había algo más complejo: una protesta contra la condición que, dentro de  la inconmensurable diversidad humana, hacía de él una persona particularmente desvalida para eso que, con metáfora feroz, se llama "la lucha por la vida". La inteligencia de la que estaba dotado, en vez de  endurecerlo,  lo debilitaba para aquella competencia en la que gana no solo el más fuerte, sino el más entrador, vivo, pillo, simulador y simpatico. Inteligencia, sensibilidad,  timidez, propensión al ensimismamiento y una incapacidad visceral para jugar el juego que conduce al éxito -las despreciables "concesiones" a las que fulmina en sus historias-, lo fueron marginando dsde muy jóven, alejando de aquellos que persiguen y consiguen con denuedo "labrase un porvenir". No participó de dichas empresas porque carecía de esos apetitos y se sabía derrotado de antemano en semejante designio. Por eso, se contento,  desde muchacho,  con trabajos periodísticos y publicitarios con los que cumplía, aunque sin mayor entusiasmo y sin propósito alguno de valerse de ellos  para escalar posiciones y "triunfar". El fracaso le garantizaba, al menos, cierta disponiibilidad -tiempo- para sumergirse en la literatura, quehacer en el que sus limitaciones de la vida real  desaparecian y sus virtudes - la sensibilidad, la inteligencia y su cultura- que en la vida real eran más bien un lastre, le servían para fantasear una existencia infinitamente más rica, bella y sensible que la de su rutina cotidiana. Esta operación la resume bellamente el narrador de Para una tumba sin nombre, al final de la historia: "Lo único que cuenta es que al terminar  de escribirla me sentí en paz, seguro de haber logrado lo más importante que puede esperarse de esta clase de tarea: había aceptado un desafío, había convertido en victorias por lo menos una de las derrotas cotidianas". Escribir, era, para Onetti no una evasión, sino una manera de vivir más intensa, una hechicería gracias  a la cual sus fracasos se volvía triunfos. Por eso, toda la vida insistió en que la literatura no podía ser un mero oficio, una profesión, menos un pasatiempo,  sino una entrega visceral, un desnudamiento completo del ser, algo que tenía más de sacrificio  que de trabajo, que se llevaba a  cabo en la soledad y sin esperar por ello otra recompensa  que saber que, escribiendo, le sacaba la vuelta a la puta vida. 

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