viernes, 25 de abril de 2014

LA CARA DE DIOS


Enfundada en un ceñido pantalón verde oscuro y un polo negro, no menos entallado, “la gallina de mi caldo” (como diría mi amigo Juan), transita por la avenida principal de Huacho. Con todo, la dicha de tocarla no me libra de la dicha perturbadora de verla.
Sin embargo, al final de aquel público trajinar, en una discreta salita, sentada a mi lado, a sus 44 esplendorosos años, generosa y amorosa, se somete a mis besos y caricias. Contra lo habitual, esta vez no apaga la luz. Estimulado por la claridad, beso con frenesí sus tersos y blancos senos.
Entonces también, gracias a la luz, mientras devoro con avidez a “las gemelas” (como las llamaba la loca María), entreveo, de reojo, en su cara el rostro del placer. El instante eterno en que, con los ojos cerrados y la boca semiabierta, pareciera contemplar la cara de Dios. Pero el encanto no dura tanto. Intimidada por ver su intimidad iluminada capitula nerviosa y presiona el interruptor.
“Lo mejor de vestirse es desvestirse”, decía el poeta César Calvo. A tientas, entre tinieblas, emprendo y acato aquel sagrado mandato. Primero el botón de su pantalón, y por último, el supremo bastión de la tentación sucumbe al ímpetu de mi exploración.
Pero antes, para hacer más cordial y menos violento el encuentro, por un costado de su pequeña truza, ingreso a estito para visitar a esito (para decirlo a la manera que estilan hablar las mujeres y los hombres de Ayacucho).
Conforme lo preveo, de inmediato, la visita deviene en una firme erección, y aquella providencial erección, en una victoriosa incursión. Tanto que, en una breve tregua, impaciente, con sus propias manos no duda en tomar estito para volver donde esito. Azorada, abrumada, admirada, tampoco duda en decir: “¿Tanto duras?”.
En el claroscuro de la noche, para el inexorable lance final le pido reclinarse. Rendida de gozo se da vuelta y se posterna, exponiendo ante mi deseo la mas hermosa y placentera de las redondeces que pueda imaginar en este redondo mundo.
“Se necesita mucha fantasía para abarcar la realidad”, escribió el sabio Goethe (que además de escritor genial, sabia tanto de minerales como de mujeres). Aquello fue la apoteosis, pues solo recordarlo desborda mi imaginación: ella gimiendo y meándose al mismo tiempo, en tanto yo, con más ganas que nunca, a mis 51 años, embestía e inundaba jubiloso su vagina y sus entrañas.

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