jueves, 19 de enero de 2017

UN CASTILLO DE NAIPES

Josefina Barrón (1969) es una mujer cuya principal virtud es la de mirar con la imaginación y la de expresar su mirada, rigurosa y apasionada, en palabras. En definitiva, se trata de una mujer hermosa que escribe hermosamente. Sus textos, más que respuestas, constituyen indagaciones, rastreos, búsquedas,  sobre lo que somos, a pesar de lo que ignoramos o creemos saber, sobre nuestro pasado y nuestro presente. Y es que en el Perú hemos estado demasiado habituados a textos modestos destinados  a la inmediatez y la superficialidad para darnos cuenta que necesitamos (al igual que todos los pueblos) una luz que lo ilumine, que sea al mismo tiempo, un espejo en el cual mirarnos. Precisamente, para ser menos indignos de lo que fuimos, los ensayos breves de Josefina nos permiten avistar, otear, la otra orilla de la existencia, la más trascendente de todas: la de la memoria.   


Las cartas que escribió Humboldt durante su estadía en Lima revelan la mala impresión que se llevó el sabio alemán de nuestra ciudad, de su realidad social, su idiosincrasia y atmósfera. No era como la habían descrito en Europa, suntuosa, de mujeres hermosas y fortunas inmensas. Él la describe como un castillo de naipes, pues sus gentes se habían entregado al vicio del juego de tal forma que las reuniones sociales solo terminaban cuando todos los asistentes habían derrochado su hacienda en la mesa. Como afirma el sabio alemán, no había ciudadano que se respetara si no era jugador como los otros.

Humboldt observa una Lima de calles sucias, donde los burros yacían reventados sobre las calzadas. Era una sociedad frivolona que aburría al científico con sus alardes de rancia grandeza. Decadente hasta en la arquitectura de mansiones en las que la profusión de estilos, más que dialogar, rompían a pelear. Queda desanimado de las mujeres limeñas, porque si bien se paseaban sobre coches bellos, protagonizaban el horrendo espectáculo de chupar la raíz enrollada de la Sida fruticosa, que de lejos lucía como un hueso pero, argumentaban las limeñas, servía para limpiar los dientes.
Alexander von Humboldt (1769-1859)

Lima no pasaba por su mejor momento. El virreinato del Perú había perdido su poder, al igual que la nobleza colonial que la componía. Las reformas borbónicas intervinieron en la administración pública. Se crearon nuevos virreinatos, como el de Nueva Granada y el de Río de la Plata; se reorganizó la defensa militar con el establecimiento de las capitanías de Venezuela y Chile. El Callao dejó de tener el monopolio comercial. Aún más abatió a Lima el estallido de numerosas rebeliones indígenas que habían dejado una secuela de rencores y recelos en la sociedad, cosa que Humboldt respiró desde el primer día. Es más, él mismo dudaba de la autenticidad del sentimiento patriótico de Túpac Amaru y de los limeños en general; enfatizaba en sus cartas ese odio entre castas que entorpecía la integración social y el consecuente desarrollo de todo el territorio. Advertía que en ninguna otra ciudad de la América española el sentimiento de patriotismo estaba más apagado que en Lima. Decía percibir una monstruosa desigualdad de derechos y fortunas. A eso podemos agregar que, además de los vicios propios del colonialismo, éramos aún una sociedad esclavista.

El sabio alemán soltó en sus cartas una dramática verdad que hasta el día de hoy es tristemente vigente: que en Lima no había aprendido nada del Perú, que Lima estaba más lejos que Londres del Perú, que existía, como existen hasta hoy, un Perú profundo y uno oficial. Él vio y sintió ese suelo peruano antes de llegar a Lima. A sus treinta y tres, medía la temperatura de nuestro mar, impactado por el contraste que ofrecían sus aguas animadas por todo tipo de peces, mariscos y aves y el litoral costeño de inexorable desierto, apenas interrumpido por valles intermitentes, que no hacían sino hacerlo evocar la alta meseta de Saraguro, en Loja. Haciendo gala de un fino humor, concluyó que el dios Rímac, quien según Garcilaso se trata del dios hablador, preside todavía a todas las clases sociales de Lima, pues hay pocos lugares en el mundo donde se hable más, y se obre menos.